Queridos amigos del Ecuador y del mundo

Reciban un afectuoso saludo desde Siem Reap, esta ciudad de Cambodia que acoge a unos de los templos religiosos mas importantes y más grandes del mundo, Angkor Wat.

Desde aquí les envío esta nueva crónica, continuando con el relato de la aventura de SOMOS ECUADOR en el Manaslú

Que tengan un lindo dia, o linda noche, o linda tarde, en definitiva un lindo momento, en donde se encuentren

Con afecto

Iván Vallejo Ricaurte

SOMOS ECUADOR

 

 

Mi reencuentro con Samagaon

El ruido del motor del helicóptero que se enciende va desde lo soportable hasta lo ensordecedor. Steaven, el piloto de la nave, es un australiano de ojos verdes, curtido en las artes del rescate de montaña con estancias en Estados Unidos, en los Alpes de Francia y ahora en el Himalaya. Su concurso está por encima de los tres cientos rescates en las condiciones más diversas que uno se pueda imaginar. En este último tiempo presume de haber hecho rescates por encima de seis mil quinientos metros de altitud, y tiene toda la razón, pues con el aire tan enrarecido a esa altura el riesgo que tiene el insignificante aparato es muy alto.

Por esa especie de magia entre la tecnología y la ciencia la frágil burbuja de plástico se eleva por los aires y desde allí empiezo a mirar a Katmandú con otros ojos. Hace apenas un par de horas me hallaba en medio de un caos vehicular cercano a la locura, ahora está ante mis ojos, en pleno, todo el valle verde que acoge a la ciudad matizado con los ocres y los terracotas de las modestas casas de los nepaleses que le dan aún más vida a este espacio que es la antesala de las montañas más altas del mundo. Esa inmensa alfombra verde de repente es partida en dos por una lengua larga e inmensa del color del barro crudo, el rio Bagmathi, que alimentado por los glaciares y las nieves del Himalaya baja con fuerza nutriendo todo el valle para que el arroz y la mostaza crezcan, se agranden y la cosecha sea más rica. A pesar de haber tenido la suerte de ver por varias ocasiones este paisaje, no me canso de admirar la dedicación y el cuidado que ponen los nepaleses, con ese especial sentido de arquitectura para construir las terrazas de cultivo de arroz que vistas desde el aire son un deleite estético para la vista.

Desde arriba admiro ese especial sentido de arquitectura para construir las terrazas de cultivo de arroz, que vistas desde el aire son un deleite estético para la vista.

Como si se tratase de una etapa de transición entramos en un banco espeso de niebla. Todo es blanco y bruma alrededor, no hay sentido de distancia ni de profundidad; la burbuja avanza casi en línea recta, y según yo, a tientas. De reojo chequeo a Steaven y compruebo la seguridad y la tranquilidad con la que da las instrucciones del vuelo a Indra, un chico nepalés joven, que es su copiloto y asistente. Repentinamente salimos de ese mar de leche y tenemos ante nosotros los extensos bosques de pinos y rododendros con ese verde más oscuro que ahora se matiza con el velo blanco de las cascadas que en su caída de decenas de metros dejan una estela de luz y de vapor de agua. El terreno es abrupto, cortado a pico sin miramientos; gargantas profundas cuyo vacío va dar en el lecho de un rio y este, con la fuerza que le otorga la gravedad, busca paso a saltos agigantados. Alzo la mirada y me encuentro con las montañas del Himalaya, altas, esbeltas y gigantescas cuyo tapiz de nieve y de hielo cubren con perfección y decoro el lecho de granito de semejantes torres de piedra. No atino a donde ver, a donde tomar fotos, me abruma tanta imponencia y tanta belleza en tan poco espacio, y claro, es de entender, porque Nepal es un país que tiene apenas 400 kilómetros de ancho, y en esa corta distancia se eleva desde 300 metros, donde están las planicies del Theraí, hasta los 8 848 metros que es la altitud del Everest, la montaña más alta del mundo.

Las montañas del Himalaya, altas, esbeltas y gigantescas, por encima de las laderas de pinos y rododendros.

Después de un último ladeo, evitando una vertiente abrupta, se abre ante nosotros el valle de Samagaon y la cara de sorpresa que pongo, supongo que es de antología. Me cuesta creer lo que están viendo mis ojos. Hace quince años, cuando llegué acá por primera vez, el villorrio de Samagaon tenía apenas una quincena de casas, ahora son cientos de ellas, construidas en el mismo estilo de dos plantas, la primera y más baja para albergar a sus animalitos en invierno y la segunda para el calor familiar. Me sitúo en el tiempo y caigo en cuenta del desubique de mi sorpresa pues el Samagaon que yo conocí, ya cambio, ya creció, ya aumentó, en definitiva ya es otro.

Por la dirección del viento Steaven se ve obligado a dar dos vueltas adicionales antes de poder aterrizar. Me pongo la chaqueta de forro polar para encarar el frió y la brisa propios de los 4 200 m de altitud. Hago un repaso y se me pasa como en película rápida las escenas más diversas que acabo de vivir en estas cinco horas intensas: la resaca, la modorra, el calor, la carretera con su locura, la infausta noticia, el cambio de planes, el aeropuerto, el helicóptero y ahora, después de apenas 45 minutos de vuelo me encuentro en Sama, cuando mis planes eran llegar hasta aquí después de cinco días de caminata.

Ya en Samagaon. De izquierda a derecha: Indra asistente de vuelo; Steaven el piloto; un servidor; mi amigo Nima Sherpa y Pasang, colaborador de Nima.

Mañana subiré al Campamento Base.

El Proyecto SOMOS ECUADOR, EN LAS MONTAÑAS DEL MUNDO es posible gracias al auspicio de: MOVISTAR , DINERS CLUB, PRONACA, YANBAL, MARATHON EXPLORER, MINISTERIO DEL DEPORTE y SUPERMAXI

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