En la explanada que une el Campo 2 con el Campo 3.

SALIR DE LA TORMENTA


Tengo la impresión de que cuando se comparte el miedo, esa angustia que oprime alguna parte del cuerpo, del espíritu, o de los dos, se alivia un poco o se siente menos.

La suma de angustias que tengo ahora por bajar en medio de esta nevada inmisericorde que nos deja ver muy poco; de que quizás no encontremos el paso hacia el Campo 2, y de salir bien librados del Cuello de Botella sin que no nos caiga nada desde arriba, me oprime lo suficiente para no quedarme inmóvil y saber que tengo que espabilar para hacer lo que tengo que hacer. Supongo que los cinco tenemos el mismo miedo y la misma angustia, pero la llevamos con discreción, hasta con cierto decoro, diría yo. Hago las cuentas y me digo: “Este miedo divido para cinco, me va mejor”

Confirmo que el miedo es colectivo cuando Carla pregunta: ¿Quién abre? Y acto seguido hay un silencio, que en este caso no es valorativo, este es dubitativo o mejor dicho (aunque no esté inscrito en la RAE) este silencio es angustiativo.

“Yo voy” dice el Topito. “Cuando no, el Topito” me dijo en mi fuero interno. A partir de ese escaso alivio colectivo nos ponemos uno detrás de otro, con el Topito adelante para abrir la huella, y nos metemos de lleno a pelear contra el viento y la nevada.

Bajamos pegados a la ladera izquierda para mantener la referencia de unos bloques de hielo de una avalancha anterior. Aparecen los bloques. “Que bien, aquí están los bloques”

Inútilmente tratamos de encontrar las huellas profundas que dejamos hechas hace menos de cuarenta y ocho horas en esta misma ladera. Pero ¿qué va? Eso es imposible. Es como querer que un taxista latinoamericano de aeropuerto te cobre baratito, o lo justo, por llevarte desde allí hasta tu destino final. Morirás engañado.

Dejamos atrás buena parte de los escombros helados y sabemos que tenemos que encontrar, a como dé lugar, al menos una de las banderolas que nos indican por donde bajar hacia el Campo 2.

Esa banderola es clave porque además indica que allí cerca está el cruce de una grieta. Cuando la pendiente de la ladera disminuye sabemos que estamos en la zona de las grietas, el Topito duda y yo asumo el relevo con la condición de encordarme y que él me dé seguro. Atado a la cuerda avanzo haciendo un esfuerzo para ver algo en medio de la nevada. La potente luz de la lámpara frontal solamente sirve para dejar al descubierto nuestra incapacidad, las astillas de nieve vienen de frente hacia nosotros, nos golpean, nos lastiman y nos mojan. Haciendo de tripas corazón le doy cara al castigo y busco con fe, en medio de la nada, la banderola en cuestión.

“No asoma. Por aquí debe estar”  Avanzo con determinación a pesar de las condiciones. “En el peor de los casos si me traga una grieta, me caigo, quedo colgado y mis amigos me sacan. Pero mejor si no me caigo”  En esas estoy cuando Joshua grita “Ahí está la banderola”.

Estos momentos tan intensos son, posiblemente, los que nos generan esa suerte de adicción a lo que hacemos. Tan sencillo como encontrar un trozo de tela atado a un pedazo de madera en medio de una ventisca, pero que significa “Te salvaste, pasas al siguiente nivel” .

Como si se tratara de un juego virtual donde haces todas las piruetas y usas todos los artificios para evitar que te salga un letrero que te dice GAME OVER, porque en este juego, que no es virtual, cuando te sale GAME OVER…Te jodiste. Enfilo en dirección a la banderola y cuando llego a ella la acaricio, como siempre lo hago, en un acto de gratitud por los beneficios prestados. Ahora me distiendo un poco porque sé que vamos bien. Siguiente nivel: encontrar el Campo 2.

Que nevada tan cargosa, irrespetuosa y jodida, son la tres de la mañana y así va desde las seis de la tarde, cayéndose el cielo del Tien Shian en miles de pedazos blancos.

El bajar atado a mi compañero me brinda toda la seguridad que necesito y más aún cuando sé que ellos harán lo que sea si algo me pasa. Esta es la maravillosa sensación de escalar con tus amigos, de escalar en equipo. Yo no soy de escalar en solitario, no sirvo para eso, no estoy hecho para eso, a mi me gustan los afectos compartidos, los miedos y las alegrías para conllevarlas.

Continuamos bajando y arremete más la nevada, no vemos casi nada; la moción es que paremos un rato con la esperanza de que disminuya la intensidad y podamos avanzar. Moción aceptada.

En un santiamén quedamos completamente cubiertos de blanco. Tenemos que movernos porque nos da frío. ¿Donde esta al Campo 2?, ya debería asomar “Apaguen las linternas para ubicarnos mejor” “No importa, sigamos bajando hasta dar con el embudo que nos conduce a la otra grieta”

Bajamos con los ojos bien abiertos a pesar del castigo de la nieve con la esperanza de encontrar algún indicio que nos permita ubicar las carpas del Campo 2, pero todo es blanco, todo es jodidamente uniforme, ni una huella, ni una señal. Al costado izquierdo vemos las trazas de lo que parece ser el trayecto de descenso de un bloque de hielo, pero no nos salen cuentas porque el trayecto es demasiado largo, a menos que algún desocupado en un acto de diversión se haya dado el trabajo de rodarlo tantos metros, pero ese tipo de actos y ese tipo de tipos no hay en las montañas, así que afinando más los sentidos caemos en cuenta que se trata del regalo que estábamos buscando….las huellas, son nuestras huellas de antes de ayer.

En medio del vendaval precariamente celebramos el hallazgo y confirmamos que nos hemos pasado del Campo 2 y que ya vamos de camino al Campo 1.

Como ciegos al albur de las complicaciones del camino. Como ciegos abandonados inhumanamente por su lazarillo, bajamos dando golpes con el bastón de esquiar y la piqueta para entender cómo está el terreno. Llegamos entonces a la enorme grieta que de subida la resolvimos con una doble cuerda (tirolina) y un artilugio mecánico (jumar) que nos permitió salvar los siete metros de ancho y los no sé cuántos de profundidad.

Ahora en estas condiciones se nos hace impensable pensar en montar semejante aparataje, por suerte la separación entre el un labio y el otro de la grieta están en desnivel, nosotros nos hallamos en la parte superior. Con sigilo, como pisando en huevos, avanzo hacia el lado izquierdo, tanteando el terreno en la búsqueda de un lugar donde se acorte la distancia entre los bordes de la grieta y poder saltar. Hallamos un lugar con la esperanza de que el borde opuesto esté lo suficientemente sólido y resista el vuelo que nos queremos dar.

En estos casos no hay que pensar mucho. Si piensas mucho te gana el miedo. Le pido al Topito que me de cuerda suficiente porque voy a saltar de un lado al otro, como en las pelis. Como en Límite Vertical , les digo a mis amigos. Cuento tres, tomo aliento, tomo impulso y me lanzo por los aires. El golpe seco con el que me recibe el hielo y me empapa la cara y el cuerpo es buena señal. Todos mis amigos van saltando de uno en uno.


El salto final es el de la Carlita, que con su 1,60 de estatura se le hace enorme salvar semejante distancia de un solo impulso. Se para al borde de la grieta y duda, lo piensa antes de hacer, pero no hay más remedio, ella sabe que es la única salida. Todos le hacemos barra, todos, con fuerza le contamos hasta tres y se lanza por los aires. Esa figura menudita vuela por encima del vacío y la recibimos al otro lado.


La siguiente grieta la resolvemos con un rapel (descender por las cuerdas fijas) y llegamos al famoso Cuello de Botella, el fatídico lugar a donde van a dar todas las avalanchas. Como un generoso aporte de la Ley de la Polaridad, al llegar a este sitio tan delicado, baja la intensidad de la ventisca y podemos ver mejor a través de la luz de linternas. Entramos a la zona de los escombros y una vez más comprobamos que la avalancha de la semana pasada fue de proporciones gigantescas. Por todo lado hay inmensos bloques de hielo desparramados, desperdigados y arrojados por la fuerza que adquirieron en su camino de rodada que se inicio mil quinientos por metros por encima de nosotros.

Tristemente recuerdo la angustia y luego el dolor de Peter al saber que su novia Agnes estaba sepultada por la avalancha. Haciendo vericuetos entre los escombros vamos buscando camino lo más pegados a la ladera izquierda de la montaña, confiados en la hipótesis de que si volviera a caer una avalancha, Dios no quiera, nos podamos poner a buen recaudo. En fin, es bien sabido que la esperanza es lo único que se muere.

Amanece.

Todo es un manto blanco gigantesco, sin relieves, sin las señales que nos servían antes de referencia. Varias veces nos equivocamos de camino hasta que por fin divisamos a lo lejos el sitio de las carpas del Campo 1.

A las 7 y 15 de la mañana llegamos a nuestras tiendas. Todos estamos mojados. Buscamos que comer, yo me contento con unas galletas de avena y unas ciruelas pasas. Me tumbo al piso por un rato para descansar un poco y le comparto a Oswaldo la alegría que tengo de habernos escapado, por fin, de la peor parte del Khan Tengri, sin saber que todavía nos faltaba una más que nos guardaba la montaña.

 

Iván Vallejo Ricaurte

EXPEDICIONARIO

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