Despuès de la caìda
Mi compañero Julio Mesías ayudàndome al pie de la pared de hielo.
Mi principal preocupaciòn era no poder continuar con la expediciòn a Alaska.

DESPUES DE UNAS LECCIONES DE HUMILDAD Y PACIENCIA

 

Chamonix, Francia, 8 de septiembre de 2009

Queridos amigos

Reciban un cariñoso saludo y un abrazo fraterno desde Chamonix (Francia), al pie de los Alpes. He venido hasta aquí para continuar con una de las actividades que más amo en mi vida: escalar montañas. En esta ocasión nuestro objetivo es escalar varias vías en el sector del Mont Blanc y luego el Cervino, montaña emblemática de Suiza.

Quisiera explicarles el por qué del título de esta crónica.

Tengo por principio omitir las malas noticias y contarlas, o compartirlas, únicamente cuando el problema en cuestión ha sido solucionado.

En el mes de mayo, dos semanas antes de partir hacia Alaska, mientras entrenaba justamente para nuestra expedición al McKinley, sufrí una caída cuando escalaba en una de las paredes de hielo del glaciar del Cayambe. Inmediatamente pensé en lo peor: que me había roto el pie y que se truncaba el sueño de nuestra expedición.

Estuve muy cerca de la rotura. No fue así por suerte. Sin embargo el golpe fue de tal magnitud que el cartílago que cubre al tobillo izquierdo quedó seriamente golpeado. En el hospital me tomaron radiografías, confirmaron que no había fractura y lo más importante, que mis dos amigos médicos Oscar y Pablo, pronosticaban recuperación y me daban permiso para continuar con la expedición dos semanas más tarde; eso si, echando mano de pastillas, inyecciones y vendajes. Como es de conocimiento de ustedes a las cuatro de la tarde del 10 de junio, con mis tres compañeros Julio, Edison y Diego, llegamos a la cima de la montaña más alta de Alaska, ellos en plenitud de condiciones y yo un poco patojo , en todo caso manteniendo el glamour y el decoro mientras se podía.

De vuelta en Ecuador, como era lógico, no había mejorado en nada el tema del golpe y el dolor era mayor todavía. Ante la queja de mi achaque Oscar y Pablo estuvieron de acuerdo que la única solución era enyesarme el pie. Teniendo en cuenta que jamás en mi vida ninguna de mis extremidades, gracias a Dios, había sido escayolada, me pareció simpática la idea, con un toque de novelería inclusive, andar por primera vez con una pata enyesada. Pero llegada la realidad, otra fue la historia. Acostumbrado como estoy a entrenar todos los días, a desenvolverme independientemente en todas mis actividades, a subir y bajar gradas disfrutando de ese ejercicio tan doméstico. Tener enyesado mi pie izquierdo por tres semanas fue un gran ejercicio de paciencia y humildad.

Se agradece las dos lecciones

 

La de Paciencia:

Porque tomar la ducha diaria dejando que el agua recorra desenfadadamente el curso que ella quiera, ya no era posible. Solamente después de todo un proceso de tecnología criolla para envolver el pie y volverlo impermeable con bolsa de plástico y cinta adhesiva, entraba tímidamente a la ducha para sentarme en un banco de madera buscando la manera más segura para que el agua no empapara el miembro en cuestión.

Porque cuando nunca se han usado muletas, el ejercicio de apoyo hace que se irriten las axilas y luego no se puede caminar por el pie maltratado y por las axilas en mal estado.

Porque en esas condiciones no se puede manejar el auto y hay que pedirle al chofer del taxi que deje al inválido lo más cerca posible del lugar de la reunión.

Porque meterse en la cama con un calcetín de ese peso y esa dureza no es la mejor manera para lograr un sueño reparador.

 

La de Humildad:

Porque sin importar las montañas que he subido me sentía inútil al andar con un solo pie. Porque se me hacía eterno cuando debía subir escaleras, si por desgracia el ascensor estaba fuera de servicio. Y mientras realizaba ese ejercicio iba repasando, con gratitud, los miles de metros que había subido en mi vida en plenitud de condiciones y comprendí que esta prueba temporal era una suerte de regalo; que solamente era cuestión de esperar, con humildad y con paciencia, dejando que el tiempo, ese bálsamo que cura todas las heridas, cure la mía también.

Después de tres semanas Oscar me sacó el yeso, quise inmediatamente salir corriendo y aquí vino la otra lección: Espera, espera un poquito más, hay que hacer rehabilitación. Al momento que les escribo esta nota reconozco que me costó más la misma rehabilitación que estar inutilizado con el yeso, me estaba olvidando que en la vida todos los procesos tienen su tiempo de espera hasta llegar al final. A la cima de una montaña no se llega ni antes ni después, se llega en el momento justo, después del tiempo que tenía que pasar. A veces en la vorágine que vivimos equivocadamente creemos y queremos que los resultados y los logros se consigan en un chasquido de dedos, y eso no es así. Quizás por la velocidad con la que podemos comunicarnos es fácil pensar que esa dinámica es la misma para los procesos y el logro de las metas. Pero no, no es así. El logro de objetivos tiene su propio y único ritmo. A la meta se llega únicamente cuando se han recorrido 42,3 kilómetros, si se trata de una maratón. Se llega únicamente cuando se han subido 8 848 metros, si se trata de la cima del Everest, y en el caso de los proyectos de vida: una empresa, un negocio, ser padres, una carrera de estudios, una relación, etc.; se llega a la meta solamente cuando se han recorrido todas la etapas, una por una, y sobre todo (y esto no perdona) cuando uno está listo para ello. Se dan casos, sin duda, de logro de objetivos omitiendo etapas o utilizando atajos, pero el Universo en su infinita inteligencia siempre pasa factura por esas omisiones, tarde o temprano, pero ese hecho no tiene el menor sentido de escarmiento, ni mucho menos, mi teoría es que el Universo en su gran cariño por nosotros quiere que no prescindamos de las lecciones que tenemos que aprender.

En la bondad que tiene la vida tuvo la gentileza de obsequiarme tres semanas de yeso y otras tres de recuperación, por si acaso se me vaya a pasar por alto que las montañas de la vida se las consigue, sobretodo, con paciencia y con humildad.

Ahora estoy de nuevo en marcha, con mi pie recuperado y con las ilusiones intactas, como al inicio de mi pasión por las montañas, de camino al Mont Blanc acompañado de la fraternidad de Edison (Oña) y con la ilusión de conocer a este par de chicos que he invitado ahora para que sean parte de SOMOS ECUADOR: Joshua Jarrín (22) y Esteban Mena (19).

En la próxima crónica les contaré cual es el objetivo de esta expedición a los Alpes.

Un cálido abrazo desde Chamonix, Francia, al pie de los Alpes.

 

El Proyecto SOMOS ECUADOR es posible gracias al auspicio de:

MOVISTAR, DINERS CLUB, PRONACA, YANBAL, MARATHON SPORTS Y SUPERMAXI

Y gracias a la colaboración de:

SEGUROS ALAMO, DHL, SALUD S.A., TATOO, BLACK DIAMOND, MAQUINET, ANDRES VALLEJO Y CHRISTIAN ULLOA

 

Iván Vallejo R.
EXPEDICIONARIO

 

Auspiciantes:

Con la colaboración de: