Desafio 14






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HACIA LA CIMA DEL KANGCHENJUNGA

Lunes 22 de mayo. Campamento 4 del Kangchenjunga: 7 850 m

 

A la una de la mañana suena el despertador y sin más, de un salto me siento, estoy ilusionado, entusiasmado, pero también con un poco de miedo, somos solamente dos para esta montaña gigantesca.

Mientras se funde la nieve en la cocineta  terminamos de vestirnos y prepararnos. Cuando el agua hierve lo hace con pereza, arrojando unas burbujas espesas  y gordas. Tomo una parte y me  preparo una taza de Milo con leche.

 

Joao cómo estás? 

Un poquito de dolor de cabeza pero bien, y tú?

Feliz de estar aquí, Dios mediante, para  compartir contigo la cima de este Kangchen.

 

Preparo mi mochila. Esta vez no llevaré la cámara de video ni el teléfono satelital, con la cámara de fotos y el radio portátil para hablar con el Base me doy por satisfecho. Hoy el peso cuenta  mucho y me siento aliviado por obviar ese par de artefactos. Guardo en la mochila una botella de medio litro de bebida y la otra, del mismo volumen, en el bolsillo interior de la chaqueta. Seis galletas de avena y una mezcla de pasas, nueces y maní irán  en el bolsillo exterior derecho; en el izquierdo pongo diez pastillas de glucosa y dos geles energéticos, uno de durazno y otro de manzana, espero esta vez poder darles buen uso porque siempre que intento ingerirlos, los termino vomitando. Ojalá esta vez no. Con todo esto, estoy listo. Joao chequea por última vez lo suyo y salimos fuera de la tienda.

La noche es preciosa, solamente estrellas por encima de nuestras cabezas y abajo, bien abajo a 5 500 m, puedo adivinar que están toditas las nubes dormidas, quietitas, abrigándose entre ellas porque acá arriba, la noche es bella pero friísima. Nos colocamos los crampones, tomamos el piolet, el bastón de esquiar, nos aseguramos las correas de las mochilas, chequeo el reloj: 3 y 20, y le pregunto a Joao si es creyente; asiente. Hagamos una oración hermano.

 

Tomo la punta inmediatamente, en vista de que este terreno para mí ya es conocido y vuelvo a sentir una mezcla de miedo y felicidad. Lo uno, porque a este Kangchen le respeto un montón, porque es enorme, es la tercera montaña más alta del mundo y estamos aquí como dos insignificantes seres humanos metidos en esta lucha, en esta aventura; si nos llega a pasar algo no hay una sola alma que nos pueda dar auxilio inmediato. Y lo otro, porque siento que hoy es el día, hoy es cuando voy a lograr la cima para saldar ese par de cuentas que han ido acumulándose: La primera, de hace cuatro años cuando hice dos intentos y me quedé en ambas ocasiones a 8 100 m por el lado norte y la segunda, de apenas hace tres días, cuando llegué más alto todavía, a 8 375 m.

 

Cada media hora nos turnamos para abrir huella. Después de haber terminado uno de mis relevos siento un dolor terrible en mi pie izquierdo, me muero de frío. Hago un descanso para hidratarme porque tengo miedo de sentirlo tan helado, chequeo el termómetro: 30 bajo cero. ¡Dios mío, con razón, peor que la última vez. Ojalá no me pase nada!

Repetidamente golpeo el pie contra el piso, intento mover los dedos dentro de la bota pero siento que están duros, que están muy fríos. ¡Dios mío que no me pase nada!

El ejercicio de turnarnos abriendo huella se va dando repetidamente. Cuando yo voy delante hago zen: aquí y ahora, solo respirar, solo subir, buscar el vacío, ser el vacío mismo, sin dolor, sin frío,  sin preguntas, sin respuestas, solo ser, pero con espíritu  que sueña y que lucha.

Cuando se adelanta Joao vuelvo a existir visto yo desde afuera, con mi frío, con mi dolor en los pies, con mi cansancio y también con  mi ilusión. Adelante, mi compañero con el mono rojo de plumas y las botas anaranjadas rompiendo la nieve, partiendo el hielo, abriéndose paso. A mí se me ocurre en cambio que de vez en cuando el Kangchen nos habla:

Hoy quería dormir un poco más, despertarme como a las 7, a la hora que me llega el sol en este lado, pero hay dos puntitos que están subiendo por una de mis laderas  y me dan cosquillas sus patitas, tienen unos hierros fijados a las botas para hundirse en mi piel. Están solos, son tan pequeñitos pero  valientes, siento que respiran hondo, que se hunden en mis pliegues, que luchan, que pelean, que se emocionan, que tienen frío pero suben. Los dos puntitos, suben, despacito pero suben.

 

A las cinco y media de la mañana llega la luz y ese regalo es de un efecto psicológico poderoso; volteo a ver y dejo de sentir esa soledad absoluta que nos envuelve a Joao y a mí. Me siento acompañado por todos los valles, las nubes y el resto de picos más bajos  que alcanzo a mirar. Por encima del tapiz blanco de nubes que cubre toda la hondonada del Campamento Base, encuentro la gigantesca sombra del Kangchenjunga cubriendo cientos de kilómetros en forma de una pirámide perfecta. Se me ocurre pensar con alegría que en alguna parte de esa sombra está ese par de puntitos, subiendo, solo subiendo. Busco la cámara, la pobrecita está helada pero funciona; me llevo a casa esa sombra inolvidable e inmensa del Kangchenjunga.

 


Encuentro la gigantesca sombra del Kangchenjunga cubriendo cientos de kilómetros en forma de una pirámide perfecta.
Se me ocurre pensar con alegría que en alguna parte de esa sombra está ese par de puntitos, subiendo, solo subiendo.

 

Cuando aprovecho la parada para beber un poco más de líquido, me topo con los ojos de Joao y al fondo de ese espejo me encuentro conmigo mismo. Allí estoy yo con mi rostro desecho, arrugado como un papel viejo, con inmensas ojeras por las  largas e interminables malas noches, con la piel destruida por la falta de oxígeno, con el pellejo helado por el frío, el viento y el hielo. Al verme  así llegan muchas sensaciones: ternura, compasión, pena, susto. Este soy yo, el mismo de siempre, pequeño ser humano  pero que se hace grande cuando hay que serlo, con miedos pero también con coraje, inútil por el frío y la falta de oxígeno, pero lleno de ganas y voluntad a pesar de mi laxitud.

 


Al verme  así tengo muchas sensaciones: ternura, compasión, pena, susto.
Este soy yo, el mismo de siempre, pequeño ser humano  pero que se hace grande cuando hay que serlo.

 

El tiempo vuela, pero nosotros no. A las once de la mañana llegamos a 8 200 m donde termina el Pasamano y hay que entrar  a la derecha en dirección a la cumbre.

Como siempre sucede en estas lides y a estas alturas, soy un tipo inutilizado por la falta de oxígeno pero animado, apoyado e impelido por la sola idea de saber que podré llegar a la cima. Mientras subimos siento  que alcanzar el próximo descanso o el  siguiente rellano se nos hace eterno, como si la ladera de nieve y hielo, en un acto de inmisericordia, se estirara, se elongara y creciera para no llegar nunca a ese lugar. A veces creo que cuando bajo la mirada para ubicar mis pasos, esas piedras que quiero alcanzar, como por arte de magia, caminan y dan saltitos  para alejarse de mí. Sufro, es cierto que sufro en cada metro, en cada paso, pero por cada rellano y por cada piedra que alcanzo, yo crezco más por dentro. No me importan los menos 30 de la madrugada, no me importa ese acto de magia, porque yo hago la mía propia: Subo, sueño y anhelo.

 

A la una y media de la tarde llegamos a 8 375 m, el sitio exacto donde tuvimos que devolvernos hace tres días. A partir de aquí empiezo a saldar la deuda. Ahora es mi turno abriendo huella y rescatando parte de las cuerdas de años anteriores, que ofrecen buena pinta y ayuda para sostenernos. Subo contento, feliz, conversando con Joao seguro de que ya estamos cerca de la cima.

A las 2 y 43 de la tarde terminamos la última cuerda de seguridad, desde aquí no puedo ver la cima porque tengo un muro de unos 15 metros que la tapa, me imagino que después de rodearlo la tendré ante mis ojos. Espero a Joao, cuando está cerca le digo:

–¿Vamos bien mi hermano, eh? 

Si eso creo. Me responde.

Con ansiedad y apuro busco girar el muro para encontrarme con la deseada cima y al hacerlo se abre ante mis ojos un escenario que me deja estupefacto: Una ladera empinada, larga e inmensa se antepone entre nosotros y la cima; es más, ni siquiera puedo saber donde está. Un caos de rocas y corredores de nieve la esconden con todo éxito y hacen que me angustie hasta el desaliento.

¡Dios mío está tan lejos todavía. Tan lejos por encima de nosotros!

No sé que decir, me siento tan pequeño, tan inútil, tan insignificante.

¿Dios mío porque otra vez éste Kangchen es tan esquivo?

Vuelvo a hacer las cuentas: Son 20 para las 3. El equipo de Joos hizo cerca de 12 horas para llegar a la cima desde el Campo 4. Nosotros salimos a las 3 y 20 de la mañana, para que se cumplan las doce horas nos quedan apenas 40 minutos, y en 40 minutos, ni con todos los Ángeles de la guarda a mi espalda llegamos a la cima.

¿Qué hago?, ¿sigo o renuncio?

Son casi las tres de la tarde, nunca en mi vida he estado en un ocho mil, por encima de 8 300 m a estas horas y sin llegar todavía a la cima. Ni en el Everest, ni en el K2, ni en el Lhotse. ¿Qué hago?

 

A ver Vallejito, tranquilo, piensa tranquilo.

Y en ese pensar tranquilo debo ser sobre todo honesto conmigo mismo:

El clima está perfecto, ni una sola nube, ni al lado, ni por encima nuestro.

Estoy asustado por lo que nos falta, que es bastante, pero pleno en mis facultades, entero, fuerte, seguro de mi mismo.

Para bajar: yo sé que soy bueno,  soy rápido, seguro. Así bajé en el Everest, en el K2 y en el Cho Oyu.

Creo que el naipe está a mi favor.

 

Termino mis reflexiones y en ese momento, instantáneamente, sin más, como en un acto de reflejo condicionado sé que no debo pensar. Y desde adentro llega una oración:

Dios Padre, solo te pido que me ayudes y me des  fuerzas para llegar a la cima antes de las seis de la tarde y poder  bajar con vida. Solo eso te pido, antes de las seis de la tarde.

 

Inmediatamente, sin preguntarle ni consultar nada  a Joao, le digo o más bien le ordeno:

Vamos Joao, tenemos dos horas y media para llegar a la cima. No te preocupes yo abro huella.

Antes de lanzarme a la ladera de nieve y rocas, estudio el terreno, dibujo mentalmente la vía por donde voy a subir y arranco a escalar, a la vez que lo hago sigo rezando: Ayúdame a llegar antes de las seis. Antes de la seis, antes de las seis…

 

SIGUIENTE ENTREGA: Al fin la cima a 8 586 m

 

 


 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

EMail: desafio14@ivanvallejo.com
Website: http://www.ivanvallejo.com

El proyecto DESAFÍO 14   en el 2006 es posible gracias a los auspicios de: OCP–Ecuador; Diners Club; MoviStar; Marathon Sports

Con la colaboración de:
DHL; Salud S.A; Maquinet Services; Seguros Alamo, KLM-Air France y Tatoo

 

 

 

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