Desafio 14






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VALERI, MAESTRO DEL CIELO DEL HIMALAYA

 

 

Entre las cosas que siempre me siguen sorprendiendo están la tecnología de las comunicaciones y la magia de volar. Sobre esta última, cada vez que estoy sentado en uno de esos enormes aparatos y miro a través de la ventanilla cómo semejante peso y volumen delicadamente se levantan y desafían, nada y menos que a una de las leyes más implacables de la física, la de la gravedad, me sorprendo y disfruto al sentirlo y verlo.
La primera vez que vine al Himalaya en el año 95, también por primera vez me subí en uno de aquellos famosos helicópteros rusos M17, mismos que fueron desarrollados por la guerra que libraron rusos y norteamericanos en el conflicto de Afganistán.  Algunos de ustedes se acordarán de la memorable imagen de Rambo quien, hallándose casi en la invalidez absoluta, después de una terrible paliza que le habían propinado, logra incorporarse y con su bazuka derriba a un enorme helicóptero que aparece de repente, de la nada, por detrás de unos riscos. Ese helicóptero enorme de la peli de Rambo, ese es un M17.


Ventajosamente esos impresionantes aparatos dejaron de ser utilizados para la guerra y una parte de ellos fueron enviados hacia acá, para Nepal, al Himalaya, donde han prestado por muchos años un invalorable servicio en transporte, ayuda y rescates. Y claro, cómo los helicópteros no se podían venir solitos, han llegado con sus pilotos, y es así que se armó en Rusia un escuadrón de ellos y volaron hasta aquí. Hoy son parte de la vida cotidiana de Nepal y del Himalaya los Sergei, los Alexander, los Wladislav. Precisamente a esta casta de maestros del aire pertenece Valeri Bubanov.

Valeri Bubanov es ruso, tiene 46 años, como yo, y vive entre Nepal y Rusia como un gitano desde hace diez. Solamente en la Cordillera del Himalaya lleva ya más de 5 000 horas de vuelo y siempre al mando de su M17. Él se conoce los vericuetos, las lomas, los desfiladeros, las gargantas y las cumbres del Himalaya, como ningún otro.
A Valeri lo conocí personalmente el año pasado cuando fue por nosotros a sacarnos del Dhaulagiri. En esa ocasión, los pronósticos no eran muy alentadores por el aire que soplaba, dos días aguardamos sin mayores esperanzas. Al amanecer del tercero las condiciones mejoraron un poco, pero el viento todavía molestaba mucho. Nosotros, impacientes, esperábamos a 4 600 con los bultos listos para embarcar. Por fin, precedido del ruido característico de esos tremendos motores apareció de repente, detrás de los riscos, igualito que en Rambo, el helicóptero azul eléctrico con letras doradas. Vino directo hacia nosotros, no tocó tierra siquiera (hielo sería más bien en este caso) y mientras permanecía sustentado en el aire subimos las cargas y arrancó por las mismas. El vuelo de regreso fue una alucinación total, con que gracia pasaba entre los riscos de las gargantas del Dhaulagiri, a ratos casi parecía que estaban en mis narices las paredes heladas de la montaña, ese vuelo era una danza entre el aire y los precipicios. Después de una hora llegamos a Pokara sanos y salvos, ya en tierra le pedí a Valeri que nos tomáramos una foto, le regale una postal de la expedición al Dhaulagiri y me despedí diciéndole. My friend, you are the master. Cuando supo que yo llevaba diez ochomiles, me devolvió el cumplido.

 

Alexander (asistente mecanico), el famoso Valeri Bubanov, Fercho mi compañero de expedición y este servidor, en el aeropuerto de Taplejung, después del susto
Alexander (asistente mecanico), el famoso Valeri Bubanov, Fercho mi compañero de expedición y este servidor, en el aeropuerto de Taplejung, después del susto

Ahora, en esta ocasión, para venirme al Kangchejunga, las negociaciones de contratación las hicimos a través de nuestro amigo nepalés Ang Nuru Sherpa. Cuando todos estuvimos de acuerdo la orden fue que deberíamos estar el miércoles 5 de Abril en el aeropuerto de KTM, vuelos domésticos, a las cuatro de la tarde. Yo pensé en ese momento: ¡Uyyy que tarde a las cuatro!! Pero en Nepal, uno debe esperar todo.
Cuando la furgoneta nos trasladó dentro de la pista hasta el terminal del helicóptero, pude ver que se trataba de uno azul con letras doradas, me acordé de Valeri y pensé en el Dhaula. Al llegar al sitio comprobé que, efectivamente, eran él y su Blue Bird. Me acerqué a saludarlo con un abrazo, enseguida se acordó de mi, por lo de la postal, y porque era del Ecuador. Ahí estaba Valeri, el mismo del año pasado con su talante afable y su fácil sonrisa, calzando gorra con visera para proteger la calva y mientras conversábamos daba órdenes a Sergei, su mecánico asistente.
Entre que cargamos los 2 000 kg de bultos, nos subimos los pasajeros, diez en total, y la torre de control daba la orden, nos dieron las cuatro y veinte; yo medio preocupado  por el montón de nubes grises que se veían justo en la dirección a donde íbamos, porque en eso de volar por los aires aunque no es lo mío, ni mucho menos,  las nubes grises son mal presagio aquí y en la China.
Finalmente todos apiñados entre nepaleses, sudamericanos, cajas de huevos, tarros de harina, sacos de arroz, costales de papas y equipo de montaña, arrancamos al cielo metidos en ese armatoste con aspas.

 

Sube el aparato y aparece el otro Katmandú, el otro Nepal que se ve desde arriba, diferente, como un cuadro pintado de verdes y ocres, como un acrílico de verdes y amarillos, de vez en cuando el centellar del Bagmati aparece como una culebra de luz que baja lamiendo los arrozales. Luego las laderas empinadas, bella y laboriosamente cortadas en bancales para sacarle partido a ese terreno tan abrupto y poder sembrar. Después aparecen los bosques de pino y rododendros. Chequeo el altímetro: 2 400 m. Volamos bajito. De repente se pierden los bosques entre las nubes, se empapa la ventanilla, nos envuelve el aguacero y luego estallan los truenos; a ratos no se ve nada, ni laderas, ni bosque, ni casitas. Por un segundo me acuerdo del avión de Tame que chocó contra una ladera en Bogotá, pero me alivio pensando que es Valeri el que está al mando. Fercho me regresa a ver con cara de susto y yo solamente asiento con la mirada, vuelvo a chequear el altímetro: 2 100 m. Dios mío, qué bajito. Por un momento se abre un claro y veo las copas de los rododendros casi en mis narices, enseguida me arrepiento de no haber venido en bus aunque sean tres días de un viaje tan largo e incómodo, pero ahora es demasiado tarde para arrepentirme y me pongo a rezar, no por mí, sino por él, por Valeri, porque como es ruso ni tal que ha de pensar en ÉL, y en este momento, sin dudar de sus horas de vuelo acumuladas, necesitamos de ÉL.


De pronto sentimos un vacío brutal en el estómago y el helicóptero baja y baja; la ventanilla me deja ver un cuadrado de pasto con un H mayúscula. El aparato se enfila en picada y logra asentarse justo sobre la H. Solamente nos vemos las caras, nadie dice nada. Inmediatamente el helicóptero es rodeado por una cuadrilla de militares nepaleses con los fusiles previamente rastrillados, en la cabina del piloto hablan en ruso y donde estamos nosotros, en nepalí. No entendemos nada, desde luego. Después de que se ponen de acuerdo entre civiles rusos y militares nepaleses, Fercho y yo pedimos explicaciones y comprobamos que, efectivamente, la tormenta envolvió al Blue Bird y el peligro de darnos contra la montaña era inminente. En la maestría de Valeri, no sé si supo exactamente, se imaginó o simplemente adivinó, pero se lanzó en picada buscando el sitio más próximo donde aterrizar y zassssss: ¡que providencialmente se encuentra con este sitio en la base militar! Y claro, cómo debía ser, al haber invadido abruptamente ese recinto debíamos permanecer dentro del aparato en una especie de arresto temporal hasta que desde KTM se confirmara nuestra procedencia. En ese momento, con un poco de humor negro, le pregunto al Fercho si no representaría un problema que se enteren que él es colombiano. Como el tiempo en Nepal discurre a otro ritmo, recién a las ocho de la noche nos autorizan a dejar la nave y trasladarnos a buscar cobijo en alguna casa de Taplejung.

 

Dos días después, el mismo Valeri nos llevaba en el Pájaro Azul, desde Taplejung (1 700 m) hasta Ramche (4 448 m). Cuando me despedí de él con un fuerte abrazo, mientras me deseaba suerte para el Kangchejunga yo le volvía a repetir:
Valeri, you are the master of this sky. Bye my friend.
Bye Ecuador, good luck.

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

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El proyecto DESAFÍO 14   en el 2006 es posible gracias a los auspicios de: OCP–Ecuador; Diners Club; MoviStar; Marathon Sports

Con la colaboración de:
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