Desafio 14



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1999: ECUADOR EN EL TECHO DEL MUNDO: EVEREST SIN OXÍGENO 8.848 m.
 
 



La montaña más alta del mundo, para los occidentales se llama EVEREST, para lo tibetanos CHOMOLUNGMA y SAGARMATHA para los nepalíes. En el primer caso quiere decir Diosa Madre del Universo y en el segundo, Diosa Madre de la Tierra.

Dos vías son consideradas las más comunes para ascender al EVEREST, la primera por el flanco sureste, a través de la vertiente Nepalí, por donde ascendieron por primera vez Edmund Hillary y Tenzing Norgay el 29 de mayo de 1953. La segunda, por el Tíbet, siguiendo la vía del collado Norte y de la arista noroeste.

Para mi proyecto del EVEREST/99, fui miembro de una Expedición Internacional en la que participamos cinco latinoamericanos: Karla Wheelock, Iván Loredo y Enrique Luengo de México, Heber Orona de Argentina y yo; además dos finlandeses: Ari Piela y Antti Mankinen, un búlgaro y tres rusos.

El 12 de abril llegamos al campamento base del Everest a 5.100 m. Después de cinco días de adaptación a la altura nos trasladamos al campamento base avanzado (ABC) a 6.400 m. A partir de allí estableceríamos tres campamentos de altura: CI: 7.100 m., CII: 7.700 m., CIII: 8.300 m.

Los latinos habíamos conformado dos grupos: En el primero, Karla e Iván Loredo. Para la colocación de campamentos, Enrique, Heber y yo. Sin oxígeno iríamos Heber y yo.

Iván Loredo tenía problemas de salud, por tanto desistió del intento a la cima. Enrique, en cambio, tuvo dificultades de aclimatación en el CII, por tanto quedábamos únicamente Karla, con su sherpa de altura, Heber y yo.

Para el día 18 de mayo Heber y yo habíamos colocado los tres campamentos en las alturas previamente establecidas. Dentro de este proceso subimos cinco veces al Campo I (pasamos tres noches), tres veces al Campo II (pasamos dos noches) y una vez al campo III.

El 26 de mayo a las tres de la tarde Heber y yo llegábamos al sitio del CIII a 8.300 m., con todas las esperanzas de alcanzar al día siguiente la cima del mundo. Karla y su sherpa llegaron un poco más tarde.

Que complicado es pasar unas horas a 8.300 m. de altitud, pues la ausencia de oxígeno lo dificulta todo: se pierde el apetito, todo causa náuseas, la sensación continua de ahogo impide descansar, en fin son tantas cosas incómodas a la vez.

A la una de la mañana salimos desde el CIII. Heber y yo. Era una noche de luna llena bellísima y casi no había viento.

A las 4 de la mañana llegué a 8.500 m., a la arista que conduce a la cima. La tos que me había molestado las dos últimas semanas, ahora me complicaba aún más las cosas y empecé a vomitar por la falta de oxígeno. Vomité tres veces, después de lo cual quedé hecho un despojo, no podía más. Llegué a pensar que era el fin de mi expedición, que no tendría más fuerza para continuar. ¡Desde aquel sitio se veía tan lejana la cima!.

El cuerpo obedece, como es lógico, a situaciones o condiciones físicas únicamente, como el volumen del oxígeno que llega a los pulmones, la cantidad de sangre que el corazón puede bombear hasta el cerebro, la combustión de calorías suficientes que permitan mantenerse en pie, en fin todo ese conjunto de condiciones “terrenales” que en su determinado momento tienen límite y no dan para más.

Pero el espíritu, ese intangible maravilloso que no sabe ni conoce límites, se alimenta de recuerdos de felicidad, de promesas, de amor, de compromisos de vida, de minutos disfrutados con profunda pasión, etc., en fin de todo aquello que se llama alimento para el alma.

En aquel momento a 8.500 m. de altitud, mi cuerpo me había abandonado totalmente, pero ventajosamente en ese instante, mi espíritu me tomó de la mano con paciencia y me animó, primero a ponerme de pie, y luego a continuar subiendo paso a paso. Lo hice muy despacio, lentamente, buscando reponerme en cada movimiento. Había superado mi límite.

Al llegar al segundo escalón a 8.650 m. me sentí mejor. En ese momento sabía con certeza que unas horas más tarde estaría en la cima, pues ese día, desde hace millones de años, estaba hecho y esperando por mí.

A las 7h45 llegué a la arista final que conduce hasta la cumbre, desde allí ya podía contemplar el punto más alto de la Chomolugma, me faltaban todavía unos 50 m. de altura y unos 150 de longitud para llegar al punto final.

Aunque subía despacio, sentía esas alas que venían desde la parte más profunda de mi espíritu para animarme, para impulsarme.

Los tibetanos ya estaban en la cima, Helga mi amiga alemana, con oxígeno, también había llegado. Yo daba los últimos pasos muy lentamente y por fin... a las 8h15 de la mañana del día jueves 27 de mayo, después de soñar en aquél momento, de prepararme y de entrenarme con dedicación, con disciplina, con entrega y con amor, llegaba al punto más alto del planeta a 8.848 m. de altitud sin la ayuda de oxígeno suplementario.

Me eché a llorar y lo hice con ganas. Afortunadamente Helga me esperaba y compartió conmigo toda esa emoción. Yo seguía llorando.

Después, en el mismo sitio de la cima, donde se forma el vértice de la pirámide más alta del mundo, me arrodillé y besé una vez la nieve que cubría la cumbre. Tomé aliento y la volví a besar. Desde el fondo de mi corazón, lo hacía en agradecimiento a una dama, a una gran dama, quizás la más guapa y la más imponente de la tierra. Besaba a la Chomolugma.

Agradecí a Dios y a la vida por la posibilidad de existir y de haber podido seguir el camino con el que siempre soñé. “...hijitos queridos, gracias por el inmenso amor que me entregaron en sus regalos. Eso fue el resto de coraje que necesitó mi espíritu para volar hasta lo más alto”.

Uno de los principales alimentos para mi alma en toda la expedición había sido la promesa de amor que hiciera a mis dos hijos.

Junto con una carta, Andy (15 años) me había entregado en el aeropuerto uno de sus guantes de guardameta que usaba en sus partidos de fútbol, en la carta me decía que ese guante estaba cargado con toda la energía y el amor que necesitaría para llegar a la cumbre del EVEREST.

Kamila (5 años) en cambio me entregó su peluche, el chanchito Pigglet, el amigo inseparable de Winnie Pooh, y en su inocencia atinó a decirme “papito, que le acompañe hasta la cumbre del EVEREST”.

Mi promesa de amor era llegar a la cumbre del EVEREST con el guante de Andy y el peluche de Kamilita.

Permanecí una hora en la cumbre. Comencé a bajar a las 9h15. De regreso, me encontré con Heber en la travesía que conduce a la arista final. Nos abrazamos, nos felicitamos, él también iba a llegar a la cima del mundo. Más abajo me topé con Karla, en el tercer escalón; animada por todo el coraje que llevaba dentro, también iba a alcanzar su sueño.

Heber llegó a la cima a las 10h55 y Karla con su sherpa a las 11h15.

Cerca del medio día llegué al CIII, muy cansado, sentía todo el agobio de estar con tan poco oxígeno. Sabía que una noche más a 8.300 m. sería un martirio y decidí bajar hasta el CII a 7.700 m.

Dos días después, de vuelta ya en el ABC, volvían mis pulmones a llenarse de un aire más generoso, pero sobre todo mi corazón y mi espíritu empezaban a entender hasta donde me habían llevado.

Ellos siempre serán mis aliados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
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