Desafio 14






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LOS CAPRICHOS DEL DHAULA TERMINAN CON MI EXPEDICIÓN

Campamento Base del Dhaulagiri, 18 de octubre de 2006

 

Así es queridos amigos, los caprichos del Dhaula hacen que dé por terminada mi expedición y con ello finalizo mis objetivos de este año 2006 que, a pesar de este nuevo revés, definitivamente ha sido estupendo.

Hace unas horas Sete y yo acabamos de llegar de vuelta al CB después de alcanzar a duras penas el C2 a 6 400 m y ser impedidos de avanzar más por las pésimas condiciones de la nieve.

De acuerdo a lo planificado, el lunes 16 salimos a las siete y media de la mañana desde el CB con destino al C1. Nos encontramos con la primera gran sorpresa al llegar al glaciar roto y descompuesto por el que, muy a pesar nuestro, teníamos que cruzar hasta alcanzar el valle de hielo que conduce al C1. Había un sector entre dos banderines verdes fosforescentes dejados por los amigos suizos, que siempre me pareció extremadamente peligroso porque era como ir saltando sobre unos enormes cubos de cristal que apenas se sostenían entre ellos por la arista o el vértice en el que se encontraban. El equilibrio de ese caos de hielo negruzco y sucio era tremendamente precario, debajo solo había el vacío de unas galerías enormes, de unos huecos helados y negros esperando con las fauces abiertas para tragarse en cualquier momento esos bloques gigantes, y quizás junto con ellos, a uno de nosotros.

Al llegar a ese sector, que sin duda era el  que más temía recorrer, comprobamos no muy sorprendidos que el inmenso castillo de vidrios se había desplomado íntegramente y en su defecto nos había dejado un profundo y oscuro vacío  sin camino evidente para cruzar.

Los veinte minutos que nos tomó resolver ese tramo se me hicieron eternos, todo era un desorden total, no sabíamos por donde seguir y cada paso que dábamos por encima de los bloques rezábamos porque no se cayeran bajo nuestros pies. De vez en cuando se me venían las imágenes dolorosas de mi accidente de 1988 en el Chimborazo, cuando me caí precisamente en un hueco como esos, en circunstancias más o menos parecidas. Allí me quedé cuatro horas sepultado hasta que mis amigos pudieron rescatarme.

Por fin salimos de esa trampa y lo primero que le dije a Sete fue: Te juro que por allí yo no vuelvo más. La cara que puso fue de sorpresa, porque claro, se preguntaba: ¿Por donde, sino?

Yo tenía un as bajo la manga.

Después de cruzar el valle de hielo y meternos en el contrafuerte que va hasta el C1 tuve la segunda sorpresa: la nieve que había caído los tres últimos días era abundante y extremadamente blanda, guardaba la esperanza de que más arriba el terreno tuviera mejores condiciones.

A las dos y media de la tarde, cargando tremendas mochilas, llegamos al lugar donde dejamos el depósito en una ocasión anterior. Como empezaba a nevar nos apuramos haciendo una plataforma y enseguida montamos la tienda a 5 750 m. No paró de nevar hasta las ocho de la noche; nosotros dentro de la carpa comimos sardinas en aceite, papas cocinadas y mejillones, y después nos hartamos de té con limón. Mientras los copos de nieve golpeaban la tela de la tienda pensaba: ¡Ya decía yo! ¿Que irá a pedir a cambio el Dhaula por el viento que se repliega? Después de las ocho de la noche salieron un montón de estrellas, hizo más frío y nosotros… a dormir.

 


Sete Tamang de camino al C1. Al fondo la arista y la cima del Dhaulagiri.

 

A las nueve y media de la mañana del martes arrancamos de camino al C2 con la gran sorpresa de que había más nieve, como era de suponerse, pero tremendamente floja. Turnándonos en la punta Sete y yo abrimos huella en medio de una especie de polvo blanco que, de tan inconsistente, parecía que nos tragaba hasta por encima de las rodillas.

Al llegar a 6 100 m el tema fue para peor, la nieve era más blanda y nos hundíamos hasta los muslos, teniendo en cuenta que en la mochila llevábamos casa y comida para tres días, ya se podrán imaginar el padecimiento que era sacar una pierna para que la otra vuelva a hundirse. A partir de entonces más por testarudez que por convicción peleé la última hora y media hasta llegar al sitio del C2 a 6 400. Dejé la mochila a un lado y me lancé un poco más arriba todavía para comprobar con pena que sobre nosotros la nieve estaba aún en peores condiciones. Por mi experiencia del año anterior en este mismo sitio, sabía que el tramo que está por arriba del C2 es tremendamente peligroso con nieve de esas características. Por esa razón precisamente perdimos nuestro C2, al quedar sepultado por una avalancha.

 

Lo bueno de las situaciones extremadamente comprometedoras es que no se piensa mucho y la decisión viene de súbito:

  • ¿Qué hago yo aquí, en medio de esta nieve horrorosa?
  • ¿Y si esto se vuelve una trampa como el año anterior?
  • Sete Let’s go. I don’t like this conditions
  • OK Iván dai (hermano mayor, en nepalí). Let’s go.

 

Bajo a trompicones por la nieve blanda que me entorpece el paso y pienso:

  • Por segunda vez el Dhaula dice que no.
  • He intentado en primavera, luego en otoño y no funciona. ¿Cuándo mismo debo venir?

 

Ahora no pienses Ivansito, preocúpate por  bajar y punto.

  • Ah cierto. Bajar. Bajar por esta nieve tan fea. Además tengo que resolver el “problemita” de buscar otro sitio que no sea por  las fauces de hielo.

 

Bajo, pero sigo pensando

  • Me siguen faltando dos, este Dhaula y el Annapurna.
  • El próximo año el Annapurna en primavera y punto.
  • ¿Cómo me sentiré mañana cuando me despierte en la tienda. Habrá resaca o no?
  • Pero el Kangchen estuvo bellísimo.
  • Lindo este 2006, preciosa cima, de las más bonitas de mi vida.

Llegamos en medio de una ligera nevada a la entrada del glaciar miedoso y Sete me pregunta: ¿Wich place Ivan dai?

El año pasado, para llegar a este mismo lugar subíamos por una rampa que a la sazón estaba completamente tapizada de nieve y que aparte de tener una pronunciada pendiente no ofrecía ningún problema. Esta vez, como les conté en otra crónica, queda una rampa, si, pero completamente desnuda, cubierta entera de roca y arena, apenas arañada, aquí y allá,  por unos retazos de nieve. Por allí quería bajar. Mi teoría era que, con los crampones puestos, podíamos incrustar los hierros en esa especie de argamasa que  junta entre sí toda la ladera y en aquellos sitios donde se podría, asirnos a los pequeños trozos de nieve. De todas maneras, si en algún momento el tema se ponía de color de hormiga, llevábamos dos cuerdas de veinte metros para descolgarnos como sea.

Meterme a bajar por el roquedal en verdad que era incierto, pero la experiencia me llevaba a apostar que sí.

 

Vuelvo a pensar en ese horroroso glaciar y sé que la decisión que voy a tomar es la correcta.-

  • Ok Sete. ¿Are you ready?
  • Yes sir. Let’s go

 

Y ahí vamos, bajando la primera rampa  de nieve, sin ningún problema hasta llegar al roquedal.

- Ok Sete. Please be careful here. Very, very slowly

El y yo bajamos despacito, hundiendo los crampones con la fuerza estrictamente necesaria para no romper el equilibrio tan frágil en esa especie de lodo congelado. De vez en cuando sale un chirrido de los hierros que torpemente arañan las lajas, otras veces se nos escapa algún pedrusco sin querer y allá va rodando cien metros hacia el fondo.

Al llegar un poco más abajo de la mitad de la ladera, nos topamos con un resalte vertical de unos diez metros de alto. Roca cortada a pico delante de nosotros. El único camino es descolgarnos y lo primero que se me ocurre es poner un tornillo en un trozo de hielo que hay cerca de mis pies, pero yo mismo me desapruebo porque es hielo poroso y estoy completamente seguro que al primer golpe del martillo se hará añicos.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

Busco alguna roca en la que podamos enlazar un pedazo de cuerda, pero todo es inestable. En esas dudas ando cuando alzo a ver y el milagro se hace. No lo puedo creer. Es que no lo puedo creer. La Providencia en su plenitud, cuando más la necesito: Justo sobre mí, a dos palmos de mi cabeza, dos clavos de roca hundidos en una fisura apenas visible por la arenisca que la tapa. Sete y yo gritamos de felicidad, y le agradezco en voz alta al colega que los haya puesto, sin pensarlo, pero a favor nuestro.

Me preocupo de revisar que estén bien colocados, uno de ellos lo debo volver a poner y entonces queda lista la protección. Junto los dos clavos con una cinta, preparo el seguro y lanzo la cuerda por los aires, al vacío. Sin más, Sete baja primero mientras yo cuido que no se muevan el par de clavos (en efecto, ni se mosquean), luego bajo yo y después de eso lo que nos queda es sencillo: una especie de arena congelada en donde los crampones muerden tan fácil como el ratón al queso fresco.

  • Uuuuuuuhhhhh. Sete we got it

Hasta el pie de la muralla ha venido Kul Bahadur trayéndonos en una tetera, con dos tazas: la limonada fría está deliciosa.

  • Lo hicimos amigo mío, lo hicimos

Voy de regreso al CB acompañado del tintineo de los mosquetones de mi arnés que se golpean entre ellos. Adelante va Sete contándole a Kul lo peligrosa que estaba la nieve por encima del C2, lo sé porque le señala con la mano los muslos y las rodillas.

Kul está feliz porque ha venido a recibirnos y estamos bien.

Sete está feliz porque el Dhaula lo devuelve entero y con nuevas experiencias.

Y yo estoy feliz porque aunque no ha habido cumbre, que hubiera sido hermoso, no he perdido la ilusión ni las ganas de seguir subiendo estas montañas tan inmensas.


Sete y yo inmediatamente después de bajar la ladera de lodo congelado, de regreso al Campo Base.

 

Mañana salgo de vuelta  en mi caminata de regreso a Katmandú y como siempre, mi salida es como la del músico: entro en helicóptero (aniñadísimo, como decimos en mi pueblo; pijo como dicen en España) y salgo a pata. ¿Qué tal?

En el camino tendré tiempo de sacar a la luz las lecciones y las reflexiones dejadas por este Dhaula. Será de mi agrado compartirlas. Hasta entonces, me despido con mi gratitud inmensa a todos ustedes que me apoyan, que me animan y me alientan en este proyecto exigente, de largo aliento y mucha voluntad. Muchas gracias por las oraciones, por los mensajes, las buenas ondas, pero sobre todo por el cariño y el amor que generosamente me hacen llegar.

Con mi inmenso cariño y gratitud desde mi tienda en el CB del Dhaulagiri.

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

El proyecto DESAFÍO 14   en el 2006 es posible gracias a los auspicios de: OCP–Ecuador; Diners Club; MoviStar; Marathon Sports

Con la colaboración de:
DHL; Salud S.A; Maquinet Services; Seguros Alamo, KLM-Air France y Tatoo

 

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