Desafio 14






Expediciones
Perfil Humano
Diario
Fotos
 
Buzón
 
Auspiciantes
 





























     
 

 

COMO UNA HOJA EN BLANCO

 

 

 

Ya van sumados ciento veinte y un mil kilómetros de vuelo, cinco libros leídos, miles de palabras preciosas de Benedetti, decenas de cuadras recorridas en los aeropuertos y dieciséis mil ciento treinta y siete metros ascendidos sin oxígeno entre Nepal (Annapurna 8 091 m) y Pakistán (Broad Peak 8 047 m). Ahora voy de nuevo en el avión para sumar otros veinticinco mil kilómetros de vuelo tomado de la mano de la mujer justa (quiero decir de la Mujer Justa de Sándor Márai).

Voy tratando de acordarme con cuál mochila es que di la vuelta a la manzana la noche del pasado 31 de diciembre, porque han de saber que esa ceremonia la cumplo al pie de la letra: las 12 uvas para todos los deseos y la salud, una tanga de color rojo para las artes del amor, saltar las llamas del monigote que solemos quemar en Ecuador para dejar allí, entre las lenguas de fuego,  las malas ondas del año que está por terminar, y luego la vuelta a la manzana con maleta, en mi caso con mochila, por el tema de los viajes y mis cumbres. De cualquier manera, con la mochila que haya pedido los deseos no me queda ninguna duda  de que ha sido una de las de mayor generosidad en lo que a viajes y montañas se refiere. El periplo ha sido intenso y entretenido: de Quito a Madrid y de allí a Katmandú para subirme una montaña. De Nepal a España y luego a Ecuador para ver Piratas del Caribe 3 con mi ángel. De la Mitad del mundo otra vez a Madrid, pasar por Doha y llegar a Islamabad. Subirme a otra montaña. De Pakistán a los Emiratos, pasar por los Madriles y volver a Ecuador. Cortas vacaciones, con mi ángel por supuesto, y hoy de Ecuador al Tíbet pasando por Ámsterdam, Madrid y los Emiratos de camino al Shisha Pangma (8 046 m)

 Como es habitual en mí antes de un viaje he dormido poquísimo, apenas dos horas. Suena la alarma y zas a la ducha, zas al aeropuerto y zas al avión. Para animarme en medio de esta resaca  ausente de alcohol pienso en la noche anterior a la cima del Broad Peak, la madrugada del pasado 12 de julio, en el campo 3 a cerca de siete mil metros de altitud. No dormimos ni un minuto (porque no se puede por la falta de oxígeno). A las diez de la noche empezamos a prepararnos. A las doce salimos de camino a la cima. Toda la madrugada (con 24 bajo cero) y toda la mañana subiendo. A las doce del medio día por fin en la cima. Ya subidos allí, una hora de alegría, de abrazos, de fotos, de sentirnos por un ratito en una parte de la cima del mundo y luego bajar. A las cinco de la tarde, agotados y secos, nuevamente a cerca de siete mil metros en el campo 3. Es decir diecisiete horitas de competencia y sin haber dormido ni un segundo la noche anterior.

 Con este de recuerdo me animo pensando que la resaca de ahora no es nada, o más bien si es, es bonita: Dos horas dormidas en mi camita, abrazado a la Kamila que estaba calientita, luego la ducha, el aeropuerto, el avión y ahora sentado, muy cómodo, sin hacer nada, a una altitud que está por encima de cualquiera de los trece ochomiles que he subido y lo mejor de esto, con harto oxígeno.

 ¿Díganme si no es bonita esta resaca?

 El par de cafés con leche y cruasanes fresquitos que ofrece la sobrecargo me dejan alumbrado, prendo la compu y encuentro en Mis imágenes la carpeta Broad Peak 2007, vuelvo a ver las fotos y me percato que en las que yo aparezco siempre estoy feliz, siempre estoy sonriendo.

Ahora cuando me acuerdo de esta última expedición de hace apenas siete semanas me siento feliz porque allí estaba feliz, me siento contento porque allí estaba contento.

 


De camino al C3 del Broad Peak a cerca de 7 000 metros,
con la misma sonrisa, con la misma alegría.
Al fondo el glaciar del Baltoro y la Chogolisa
con su característica forma trapezoidal.

  

¿Qué ha significado para mí subir por segunda vez a una misma montaña y por idéntica vía, sabiendo que la cuota de exigencia y de inutilidad por encima de siete mil metros es siempre la misma?

Al verme en cada una de las fotos encuentro la respuesta. Ha significado idéntica ilusión, igual entusiasmo y las mismas ganas como si fuera mi primera montaña, mi primer ochomil. Ahí está la clave para disfrutar de aquello que tentadoramente lo podríamos catalogar de antemano como rutinario, con lo cual estamos echando por encima  una lápida fría y pálida para sepultar con el ahogo uno de los dones más preciados de cualquier ser humano que se precie de estar vivo: la capacidad de asombrarse, esa misma capacidad que a veces equivocadamente creemos que es patrimonio único de los niños. Tener la posibilidad de sorprenderse cada día es un acto de humildad, darlo  todo por sabido o por conocido es un acto de soberbia que impide crecer, mejorar y en su instancia más importante y profunda, disfrutar y ser feliz.  Es un acto de sencillez brindarse cada día como una hoja en blanco que va a ser escrita por las lecciones del cosmos y de la vida, por todas las de la lista, por las más prosaicas y por las más grandes.

 Es cierto que ya había subido al Broad Peak en 1998 y que el glaciar del Baltoro, que lleva hasta esa montaña y a otras de las tres más altas del mundo, lo iba a recorrer por cuarta vez. Pero cuando asumí la  propuesta de acompañar a mi querida compañera Edurne Pasaban tuve presente que tenía que volver como una hoja en blanco.

 Qué bueno que así lo hice y entonces la luz, el viento, los colores de los amaneceres y los atardeceres, la plata de la luna, los rostros de los baltis, sus cantos y sus bailes, el viento y el frío del día de la cima, y finalmente la felicidad, los abrazos y la alegría de la cumbre del Broad Peak me escribieron nuevas palabras, nuevas estrofas y nuevos versos.

Para ahuyentar la vaharada fétida y deletérea de la rutina está el aliento fresco de hacer  las cosas con cariño, la capacidad de poder reinventarse cada vez que sea necesario, la inteligencia para no perder la gracia de asombrarse igual que los niños, y sobre todo la humildad de querer siempre aprender  

Al medio día del pasado 12 de julio estuve en la cima del Broad Peak con la misma ilusión y la misma sonrisa de siempre. Ahora voy de camino al Shisha Pangma por segunda vez, acompañando nuevamente a Edurne, con un valor agregado: subiremos por la cara norte (en el 2004 lo hice por la exigente cara sur), con lo que la ventaja es mayor todavía.

Que los colores, las imágenes, la luz, el sol y el viento del Shisha Pangma escriban más versos en mi hoja en blanco.

 
Celebrando la cima del Broad Peak a 8 047 m
al medio día  del 12 de Julio.
Asier Izaguire a mi lado y detrás Carlos Pauner.

 

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

Anterior Siguiente
 
 


 
   
 
 
www.ivanvallejo.com- email: desafio14@ivanvallejo.com
 ©: Iván Vallejo
 Fotografía: Iván Vallejo
 Diseño: graphus - telefax: (+593 2) 290 2760 - Email: graphus@uio.satnet.net - Quito-Ecuador
 Desarrollada por: MaQuiNet Services