Desafio 14






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De camino a la cima (8)

 

¿POR QUÉ TAN LEJANA LA CIMA?

 Termino el corredor, detrás de mí Andrew primero y Fercho después. Por fin descubro la cima, ese merengue blanco de nieve que el último mes no me he cansado de ver todos los días en una fotografía, soñando en llegar hasta él. Chequeo el reloj y de paso el altímetro: la una y trece minutos de la tarde, 7 990 m, todavía nos falta un poquito, pienso.

Prendo la radio y me comunico con el Base.

 -Campo Base, Campo Base, me copian.

-Aquí Campo Base, Ivansito te copiamos.

-Hemos terminado el corredor y ya puedo… ver la cima.

Se me quiebra la voz y empiezo a llorar, medio balbuceando logró decir -cambio.

-Bien, bien Ivansito, ya lo habeís logrado.

-No, nos falta un poco todavía. Son la una y trece, creo que a las dos estaremos en la cima, ahí les vuelvo a llamar. Cambio y corto.

 Nada más salir del corredor cambiamos de pendiente y el asunto va para mal, encuentro una nieve pésima y de horribles condiciones, me hundo hasta las rodillas después del primer esfuerzo al romper la costra que la cubre. Claramente me doy cuenta que pierdo la voluntad, que se me van escurriendo del cuerpo, el espíritu y el entusiasmo. El merengue de la cima al que quiero llegar se va haciendo inalcanzable y, para colmo de males, otra vez el sueño me prende en sus manos; doy tropiezos, me hundo más de la cuenta, soy la inutilidad y la torpeza puesta un par de botas cerca de ocho mil metros. Andrew toma la posta y al verlo delante de mí, me veo yo mismo como un bulto envuelto en plumas, peleando muy desigualmente contra la falta de oxígeno para llegar a esa cornisa que parece tan lejana, tan lejana como la primera mujer cuando uno tiene once años o como el reumatismo cuando uno tiene veinte.

 Nuevamente tomo el liderazgo, ahora mido el tiempo por los turnos que nos repartimos entre Andrew y yo al abrir huella, siento que no avanzamos nada, que estamos como nadando en arenas movedizas; no me queda más que ver la hora: dos y media de la tarde. ¡Madre mía, una hora y cuarto para cincuenta escasos y jodidos metros! Me enfrento entonces a unas placas de nieve horrorosa; en un santiamén se me va el sueño y la torpeza, el miedo me espabila como un baño de agua helada a las seis de la mañana. Dios mío, si esto se rompe salimos volando con todo.

 La esperanza que tengo de que más arriba mejore la nieve se diluye enseguida. ¡Qué va! se rompe más. Debajo de mí, por cada paso que doy se oye un sonido hueco, vacío. Andrew me comparte su angustia y no me queda más que asentir. Ay que bueno, ya somos dos.

Una vez más, muerto de miedo: -Ramiro, no seas malito, échanos una mano, ya estamos cerca.

 

RAMIRO, AQUI TIENES, TE ENTREGO TU REGALO

 Las tres y diez de la tarde, el dichoso merengue al fin está cerquita nuestro, pero empinadísimo para alcanzar; me paro al pie y espero a Andrew, hasta eso saco la cuerda de la mochila para que me asegure. Cuando llega, sin disimular la cara de angustia por el último tramo, me pregunta qué hacemos y le explico el plan. Sostenidos por una estaca de aluminio y atados a una cuerda verde con negro de siete milímetros de diámetro, Andrew me dará seguro y saldré para escalar los últimos diez metros que me separan de la cima del Annapurna.

 Subo, la nieve igual de mala, para colmo una grieta pequeñita pero que asusta. Tres metros, dos, uno y llego a la arista final. Nada más asomar la cara, siento el latigazo del viento, irreverente, cruel y helado. Clavo con fuerza mi piolet para no salir despedido, termino de erguirme y enseguida me monto sobre la arista, a caballo entre la pared sur a mi izquierda, vertical, huidiza y de miedo, y la ladera norte, más humana, por donde acabamos de subir. Así, a horcajadas llego  hasta la parte más alta del caprichoso merengue de la cima de la Diosa de la Abundancia. Ya está, por fin no subir más, eso es todo. Las tres y veinte de la tarde, hoy jueves veinte y cuatro de mayo.

 Tengo vaciada la mente, apenas tres pensamientos en la cabeza, el viento me castiga sin piedad.

 


A las tres y veinte de la tarde, por fin,
a cinco metros de la cima del Annapurna.

 

Primer pensamiento: Entregar el regalo

Del  bolsillo derecho de la chaqueta roja de plumas saco una bolsa de plástico, la abro y tomo en mis manos la bolita del mundo de Elena. En ese preciso momento siento que se congela el tiempo, el viento, el castigo y la ansiedad. Estoy como suspendido en el aire, subido en un trozo de nieve inmaculado, volando entre jirones de nubes sutiles como gasas que pasan a mi lado, que me envuelven pero no me hacen daño. Subido en esa nave a 8 091 metros por encima de la tierra le digo:

 -Ramiro querido, amigo mío. Gracias por lo que me diste y por lo que me enseñaste. Gracias por acompañarme hasta aquí, y hasta abajo por favor, en este tu Annapurna. Como tú sabes, te he traído  un regalo que todos estos años tuve por encargo, esto no es mío, te pertenece. Elena tu hija lo hizo para ti.

 Y en ese momento la lanzo por los aires en dirección a la pared sur, por donde subió y se perdió Ramiro, la bolita del mundo con mares y montañas, con el Buena Suerte en la parte de Nepal, que me entregó hace siete años Elena Navarrete Francés.

 Segundo pensamiento: El número 268

De la misma bolsa de plástico saco el papel doblado con el número 268 y mientras lo despliego me acuerdo: “…Aquí le mando mi número con el que corrí, donde está mi cansancio, mi felicidad y todo lo que sentí en la carrera… aunque me costó un poquito, pero que llegué fue lo mejor

 Hijita querida, sus 5 kilómetros y mis 8 kilómetros (8 091 m) son exactamente los mismos, al estar ahora sentado sobre este pedazo de nieve le ofrezco yo también mi cansancio, mi felicidad y todo lo que sentí en la ascensión. A mi también me ha costado igual que a usted, pero he llegado a la cima que es lo mejor.

 Sosteniendo en mis manos el pedazo de papel con el número 268 le pido a Andrew que me tome una foto. El viento no da tregua, sacude, golpea, embate.

 Tercer pensamiento: Bajar

La cima de un ocho mil te pertenece únicamente cuando llegas al Campo Base, de lo contrario tú le perteneces a la montaña todavía. (Kurt Diemberger).

Las palabras de Diemberger ahora cobran más sentido para mí. Tengo en mente las placas horrorosas de la última parte, lo empinado y delicado del corredor final y la travesía a 7 800, entre hielo y nieve de condiciones regulares.

Tenemos que bajar, bajar bien y salir vivos.

 Me descuelgo de la cima, llego al seguro, arranca Andrew para arriba y pasa más o menos por el mismo trámite: el viento que le sacude al llegar a la arista, montarse sobre ese filo de nieve, levantar los brazos en señal de victoria; mientras, le tomo una foto.

Siguiente: Fercho, el mismo trámite.

 Luego, los tres juntos en el seguro: ninguna alegría, ninguna emoción, una sola idea, salir de allí, bajar. Fernando está tan asustado con la bajada que propone hacerla por otra vía diferente a la que hemos subido. Cuando expone la idea, obviamente no tiene quórum. Sabido es que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Andrew va por delante, yo aseguro a Fernando con la cuerda y rezo una vez más, porque las placas no se rompan. Bajamos envueltos en niebla, moviéndonos despacito, como queriendo hacernos más livianos, más lijeritos. Salimos de las placas. ¡Bien!

Ahora toca el corredor, desde atrás animo a Andrew y a Fercho. Gracias a Dios se termina el corredor y quedamos de cara a la travesía, tomo la delantera para mostrar el camino. Se despeja la montaña. ¡Ay, que alivio!

-Vamos Valle, mirando bien, con cuidado. Hay un único pensamiento que me mueve: salir de aquí, salir bien.

 Paramos un rato para que Fercho se reponga, continuamos. Ahora voy último, delante de mí, mis dos compañeros de esta jornada emocionante y dura, pero bella. De repente Fercho se para nuevamente para descansar, nos sentamos en la nieve y en ese instante siento un alivio que no es solo mío, que es colectivo.

¡Ya está, ya salimos de lo peor! Chequeo la hora: 5 y 37 de la tarde, y la altitud: 7 785 m. En ese momento les grito: -Hey chicos, ya está, lo logramos, acabamos de bajar de la cumbre del Annapurna. Inmediatamente nos ponemos de pie, nos abrazamos y arrancamos a llorar los tres.

Le abrazo a Fernando con inmensa gratitud y cariño, casi no le puedo decir nada porque mi llanto imposibilita las palabras, luego abrazo a Andrew, sigo llorando e intento agradecerle en inglés por estar juntos.

Vaya, que bello este lenguaje de las emociones y del llanto, sin reprimir un solo gramo de lo uno, ni una gota de lo otro. Es una verdadera bendición que el ser humano se exprese cantando o llorando de felicidad, así puede vaciarse para poder llenarse otra vez y las que sean necesarias. Me acuerdo entonces de la Negra Sosa:

Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera,

para que adentro nazcan cosas nuevas, nuevas, nuevas...

A esa hora y en esa altitud celebrábamos por fin la cima de La Diosa de la Abundancia.

 A las 7 y 37 de la noche llegamos a la tienda pequeñita del Campo 4. Cuando ya estoy dentro, dispuesto a pasar otra noche de inmedible incomodidad, sonrío con alivio, gratitud y felicidad: Acabo de llegar de la cumbre del Annapurna. He dejado un regalo y me bajo otro. Mañana llegaremos al Campo Base.

 


Al día siguiente, de vuelta en el CB después de la cima:
Iván, Andrew y Fernando.


Edición: Doris Arroba

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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