Desafio 14






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De camino a la cima (7)

 

UN ALUMBRAMIENTO PRECIOSO

 Las cuatro y media de la mañana, 7 250 m de altitud, 21 grados bajo cero, tres seres humanos pequeñitos, minúsculos en la inmensidad de la ladera norte del Annapurna, La Diosa de la Abundancia. Sobre nosotros brillan las estrellas, pero ya no tanto porque al fondo, ese horizonte lejano, medio curvo y casi infinito está preñado de luz y con colores  de parto, y claro, ese millón de estrellas con su brillo a medio diluir es parte de la dinámica propia de la naturaleza, ir y venir, entrar y salir, ser y luego dar paso: del invierno a la primavera, del hielo al agua, de la tormenta a la calma, de las sombras a la luz.

 Plantado donde estoy calzándome los guantes antes de salir, veo que entre mi humanidad y ese horizonte a medio iluminar se interpone, soberbia, la pirámide del Dhaulagiri. Sumida todavía en sombras me parece más abrumadora aún, exigua de piedad, con ocho mil metros de altitud amenazantes e inmisericordes; hace dos semanas apenas quedaron sepultados allí dos buenos amigos míos. Pero bueno, hoy he venido a escalar el Annapurna, dejemos el Dhaula para otro momento.

 Abandonamos la tienda y nos vamos de camino a la cima del Annapurna, casi enseguida entre la penumbra del amanecer y las luces de las lámparas frontales estamos metidos en una pendiente bastante empinada con nieve que no espera mucho para romperse y complicarnos la vida. Allí vamos Fernando, Andrew y yo por turnos lidiando con la ladera, con la nieve y con la falta de oxígeno.

Cuando voy por delante abriendo huella, seguramente desde atrás se me ve tan mal que Fernando me pregunta: ¾Ivansito, te estás durmiendo ¿no? ¾Si, estoy subiendo dormido¾ le contesto. Le hace la misma pregunta a Andrew y recibe la misma respuesta. Pobres de nosotros inútiles, insignificantes y disminuidos por la escasez de oxígeno. En la vaga posibilidad de vencerle al sueño intentamos cantar a dúo el Fercho y yo pero no resulta, esta es una disputa en desigualdad de condiciones. Me acuerdo entonces que llevo en el bolsillo de mi chaqueta un pedazo de jengibre, saco la navaja y corto dos rodajitas para cada uno, y yo mismo las pongo debajo de la lengua. El remedio funciona al menos momentáneamente. Seguimos subiendo, seguimos luchando.

 

El horizonte sigue lejano, medio curvo y casi infinito pero ahora está lleno de luz ya que resplandece por encima un mar de montañas, una oleada de pirámides de nieve, hielo y granito de distintas formas y tamaños, entonces pienso: que parto más precioso del horizonte, haber dado a luz esos hijos tan bonitos. Frente a mí, iluminada y enorme, otra vez la pirámide del Dhaulagiri. Cuando alzo a ver la cuesta que nos queda, me encuentro con una montaña enorme en forma de trapecio y, hacia arriba, todavía muy lejos alcanzo a ver la arista de la cima. El verbo ahora es solo subir.

  


Que parto más precioso del horizonte, haber dado a luz esos hijos tan bonitos.
(Amanecer desde 7 400 m, a la izquierda comienza a iluminarse la pirámide del Dhaulagiri.)

 

 

LEVANTANDO COLUMNAS

 Alternadamente nos cambiamos la punta y cuando llega mi turno, me toca escribir con mis pasos parte del camino que nos está llevando a la cima. El año pasado cuando visité el templo de Karnak y alcé a ver esas columnas magníficas echas a mano, labradas una por una y puestas en pie con semejante elegancia, sentí que una ola de estremecimiento me recorría el cuerpo desde los pies y llegó hasta mis ojos transformándose en humedad. Al ángel que estaba a mi lado le dije: ¾Que orgullo tengo de ser ser humano, de ser parte de esta raza que es capaz de hacer algo tan bello como esto.

 Ahora, en el templo de La Diosa de la Abundancia a 7 700 m cuando miro la ladera que queda a mis espaldas, me encuentro con las humanidades de Fercho y de Andrew, a veces dobladas tomando aliento y soportando el castigo del viento, otras veces en la misma lucha mía, subiendo, solo subiendo. En ese momento siento el mismo orgullo que en Karnak: ser parte de esta raza que a pesar de la insuficiencia tiene la fuerza, el ánimo y la voluntad para poner de pie unas columnas magníficas, echas paso a paso, labradas una por una. Estas son nuestras columnas, no de piedra como las de los egipcios, sino de nuestros anhelos y sueños más queridos. Mis dos compañeros no lo saben pero su esfuerzo detrás de mis huellas me anima, me alienta, me empuja a seguir. Amigos queridos, muchas gracias por ayudarme en este sueño.

 


Ser parte de esta raza que a pesar de la insuficiencia tiene la fuerza,
el ánimo y la voluntad para poner de pie unas columnas,
echas paso a paso, labradas una por una.
(A 7 600 m subiendo lentamente en dirección al pie del corredor.)

 

LA MEDIDA DEL TIEMPO Y LA INUTILIDAD

 Por acá arriba el tiempo tiene otro discurso, un lenguaje distinto, una dinámica diferente.

Por acá arriba no se mide el tiempo en segundos, en minutos o en horas.

Por acá arriba el tiempo se mide por los recovecos, las rocas o las formas de nieve alcanzadas.

Y en última instancia, por acá arriba, bien alto, el tiempo se mide por lo que nos falta para llegar a la cima.

 a referencia que tenemos es que hay que llegar a un canal de nieve muy largo cuyo recorrido va a dar directamente a la cumbre del Annapurna. En esa ladera enorme con forma de trapecio, ubico un corredor de nieve que va a dar justo a un merengue que podría ser la cima. Al ir primero, me aventuro a dirigir mis pasos hacia allá, pero tengo dudas porque de ser así, el tiempo habríá jugado en favor nuestro, y por los años que ya llevo en estas lides, sé que no es así de fácil. Prendo la radio y hablo con Ferran que está en el C1, filmando desde allí en cine, nuestro ascenso a la cumbre. Le pregunto si el canal que está sobre mi es el de la cima y confirma mi error, el corredor en cuestión está mucho más allá, por no decir muchísimo más allá, todo a la derecha, casi al final de la pared donde estamos. ¾Ahhhh, ya decía yo. Ok. Ok. Cambio y corto.

 Al medio día estamos por fin al pie de ese gran corredor, el altímetro marca 7 850 m, eso quiere decir apenas seis cientos metros de desnivel desde el C4 hasta aquí, superados en ocho horas. Que inutilidad ¿no?  Subiendo a casi setenta metros por hora.

Pero qué me importa, porque precisamente con esta misma inutilidad educadora y de mi exclusiva propiedad, despacito, poco a poquito e ido poniendo de pie unas columnas magníficas, labradas paso a paso, igualito que las de Karnak.

 Al frente mío está el corredor; se eleva de urgencia hasta las nubes que ocultan la cima. Ni pregunto, asumo enseguida el liderazgo; la nieve está perfecta, lo suficientemente dura para que entren las puntas frontales de los hierros de mis botas. Imbuido en el chorro de adrenalina soy felicidad total de camino a la cima, todos mis pensamientos son lúcidos, mi sensación de placidez es tocable, tiene forma pero no tamaño.

Qué bonito, voy a alcanzar la cumbre del Annapurna. ¿Por qué subes al Annapurna? Para dejar un regalo. Luego pienso en el número 268 de la Kamilita, se me mojan los ojos. Que vida tan bella ésta. Sube Vallejito, sube.


Edición: Doris Arroba

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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