Desafio 14






Expediciones
Perfil Humano
Diario
Fotos
 
Buzón
 
Auspiciantes
 





























     
 

 

De camino a la cima (6)

 

¿PARA QUÉ SUBES AL ANNAPURNA?

 Era 26 de marzo de 1999, unas horas antes de llegar al aeropuerto Mariscal Sucre de camino a mi primer Everest. Elena Navarrete, hija de Ramiro, se presentó en mi casa y me entregó dos cosas: una carta que había escrito para su papá y quería que la dejara en la cima de la montaña más alta del mundo, porque aunque Ramiro se había quedado en el Annapurna, para Elena, la morada de su padre era el Himalaya, y yo me iba allá precisamente.

 Luego me entregó, a manera de amuleto, una bola del mundo pequeñita, del tamaño de una de ping-pong, que ella misma había hecho y pintado con sus manos, con el detalle especial de que el lugar de Nepal estaba pintado de rojo y al lado decía Buena Suerte.

A las ocho y quince de la mañana del día jueves 27 de mayo de 1999 llegué a la cima del Everest sin oxígeno suplementario, unos minutos más tarde deposité en la cumbre, la carta de Elena para su padre Ramiro.

Al año siguiente aposté por el K2 y luego repetí el Everest también sin oxígeno y a partir de entonces me decidí por los catorce ochomiles. Absolutamente en todas las cumbres que he alcanzado en el Himalaya después de 1999, ha estado conmigo la bolita del mundo con el Buena Suerte que Elena hizo para mí. Al decidirme por los catorce sabía que un día me tocaría el Annapurna y ahora llegó el momento.

Cuando hice las maletas en Quito la guardé como siempre; pero ahora me la llevaba para dejarla en el lugar donde debía estar, en la cima del Annapurna.

 PARA DEJAR UN REGALO Y BAJARME OTRO

 Mientras subo feliz pensando en la posibilidad de llegar mañana a la cima, aparece otra vez la pregunta:
 ¿Para qué subes al Annapurna?
Para dejar un regalo y bajarme otro
¿Qué regalo?
Un regalo que hace años, sin saberlo, hizo una hija para su padre, pintó un mundo de colores y puso allí océanos y continentes, pero sobre todo montañas pintadas de rojo, el color del amor. Ese mundo con sus colores y su Buena Suerte ha estado en las cimas más altas cumpliendo su cometido: dándome buena suerte. Ahora estoy subiendo hasta la cima del  Annapurna para entregarle ese regalo; ese mundo con sus mares y montañas a su verdadero dueño, a Ramiro el padre de Elena, porque yo, todos estos años,  sólo lo tenía de encargo.

 A las cuatro y media de la tarde encontramos un lugar bastante seguro al pie de unos bloques de hielo que en algo ayudan a protegernos del viento; sin embargo, de vez en cuando, con ráfagas repentinas nos zamarrea con fuerza. Ya está,  aquí plantaremos la tienda, esté será nuestro Campo 4. Hemos salido del C3 a las ocho de la mañana y son las cuatro y media de la tarde, larga jornada,  ocho horas subiendo cuestas. El GPS me marca 7 250 m.

 


Así aparecía el Dhaulagiri (8 167 m),
vecino del Annapurna, cuando subíamos de camino al C4.
Esta montaña es último ochomil de mi proyecto DESAFÍO 14.

 

ESAS NOCHES TAN LARGAS

 La tienda tiene un metro de ancho y  dos de largo; en ese pedazo minúsculo de tela deben entrar dos individuos de 1,75 m de estatura y este servidor de 1,64. Además, no sé cómo, también deben ocupar espacio nuestras mochilas y cuando ya estemos acomodados (es un decir lo de acomodados ¿no?) debemos, tampoco sé cómo, colocar un hornillo, la olla y hacer agua, cuidando de no derramarla desde luego.

Una experiencia parecida a esta ya la viví en la pared sur del Shisha Pangma, por lo cual me tomo la atribución, sin pedir consentimiento alguno, de sugerir el método y la forma de acomodarnos en esa caja de fósforos:

A ver chicos, tenemos que meter primero las mochilas y colocarlas al fondo, luego entran ustedes dos que son los más largos con la cabeza hacia las mochilas y los pies hacia acá, a la puerta. Se acomodan dejándome un espacio en la mitad y ahí es donde entró yo como cuña.

Pero una cosa es decirlo y otra es la realidad pura y dura. Las estaturas de Fernando y Andrew no corresponden con el diseño de esta tienda, la mía si, por su puesto. De todas maneras, al final, quedó flanqueado por dos bultos de plumas arrebujados y amorfos. Cuando intento acomodarme para prender la cocineta, siento la rodilla de Andrew en mi muslo derecho y el zapato de Fernando apretándome la axila. Por un momento se me ocurre pensar que no fue del todo good idea traer una carpa de dos para tres, pero enseguida me animo con la idea de que, como a estas alturas ya no se duerme por la falta de oxígeno, ni falta que nos hace tanta comodidad. Eso por un lado, y por otro, que al estar así juntitos  seguro que hará menos frío. Apiñados unos a otros y precariamente acomodados abrimos una latita de sardinas que nos entra de maravilla, luego Andrew nos convida una especie de crema de soya untada en galletas de sal: mejor todavía.

 Las horas pasan entre los incómodos movimientos, las hábiles contorsiones y el silencio compartido de cada uno de nosotros, pensando en la jornada de mañana. Aprovecho entonces para repasar lo que haré cuando llegué a la cumbre; este simple ejercicio no se opone en absoluto a la espontaneidad con la que deberé fluir cuando llegue ese momento, la cuestión es que cuando se mezcla la emoción de la cima (en caso de que las condiciones se den para ello) con la torpeza de actitud que se tiene por encima de ocho mil metros, es fácil olvidarse de esos actos sencillos que son parte de la ceremonia de una cumbre, por eso nuevamente repaso: dejar el regalo para Ramiro, sacar la carta de la Kamilita (mi hija), las banderas y las fotos.

 LA CARTA DE KAMILA

 Los organizadores habían llamado a la carrera: 5K MUJERES.

 Una mañana de marzo mientras entrenaba en el Parque Metropolitano, de cara al Annapurna, se me cruzó por la cabeza la audaz idea de convencer a Kamilita para que participara en esa carrera. Al ser muy poco dada al tema de caminar y peor aún para el de correr, tuve que ser muy creativo en mis recursos para persuadirla. Finalmente el día domingo 18 de marzo, junto con sus dos mejores amigas (esa fue mi estrategia), Anaí y Samanta, salió a correr los cinco kilómetros portando en el pecho el número 268.

A pesar de que habíamos entrenado juntos, la presión de la competencia ganó terreno en ella y a mitad del recorrido estuvo a punto de abandonarse, tuve que echar mano de más recursos para que no pierda la ilusión de llegar a la meta, sin ninguna duda yo era el más angustiado pero creo que supe disimularlo muy bien y logré animarla para que continúe. En el cuarto kilómetro éramos un equipo con toda la seguridad de llegar hasta el final. Cerca de la meta me adelanté del todo para esperarla, cuando la cruzó me abalancé sobre ella para abrazarla y felicitarla. Tampoco había duda, yo estaba más feliz que la misma atleta.

Días después en el aeropuerto de Quito, cuando partía de camino a Nepal me entregó un sobre con una carta, ese era el regalo de mi hija para llevármelo, Dios mediante, hasta la cima del Annapurna. La abrí cuando volaba desde Madrid a Katmandú, allí encontré el dorsal con el número 268 que en su parte posterior tenía escrito:

 Papito aquí le mando el número con el que corrí, donde está mi cansancio, mi felicidad y todo lo que sentí en la carrera. Pa gracias por haber podido correr con mis amigas y con usted, fue lo máximo aunque me costó un poquito, sólo un poquito, pero llegué que fue lo mejor… Papito le quiero decir que creo que le va a ir súper bien en esta montaña. Suerte Pa le quiero full.

Kamilú.

 Mientras espero que suene el despertador y marque la hora de comenzar a prepararnos continúo repasando: el Ramiro, la Kami, las banderas y las fotos.

A las dos y media suena el reloj y comienza el martirio de movernos en medio de la incomodidad y la ausencia de espacio. Afuera, a intervalos, sopla el viento con dureza pero arriba del todo brillan millones de estrellas. Esa es buena señal.

 


Tres tristes tigres buscan espacio,
no en un trigal, sino en un chiquero pequeñito
por encima de siete mil metros.
(Metidos en nuestra tienda del C4 a 7 250 m,
el 23 de mayo, unas horas antes del ataque a la cima).


Edición: Doris Arroba

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

Anterior Siguiente
 
 


 
   
 
 
www.ivanvallejo.com- email: desafio14@ivanvallejo.com
 ©: Iván Vallejo
 Fotografía: Iván Vallejo
 Diseño: graphus - telefax: (+593 2) 290 2760 - Email: graphus@uio.satnet.net - Quito-Ecuador
 Desarrollada por: MaQuiNet Services