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De camino a la cima (2)

 

HOMENAJE A RAMIRO NAVARRETE

Ramiro Navarrete fue uno de los mejores montañistas que ha tenido la historia del andinismo ecuatoriano.

Su regreso a Ecuador después de una larga temporada escalando en los Alpes, mientras terminaba su doctorado en filosofía (y en ese orden de importancia) entre Navarra e Inglaterra, significó una gran inyección de vitalidad para nuestro deporte, pero sobre todo nos presentó una manera distinta de ver y afrontar los retos en las montañas de los Andes.

 Su aporte sirvió para abrir vías nuevas en el Ecuador, para hacernos ver que montar una expedición a los Andes de Colombia, Perú o Bolivia no era tan complicado como creíamos; yo mismo me embarqué en un bus rumbo al Alpamayo y al Artesonraju, apoyado incondicionalmente por Ramiro. Realizó escaladas excepcionales en el mismo Alpamayo, en el Santa Cruz, en el Huascarán en Perú y en el Illampú, en Bolivia. Después volteó su mirada a las montañas más altas del mundo en el Himalaya. De él fue la idea de ser el primer ecuatoriano en escalar el Everest. Consecuente con lo metódico que siempre fue, preparó un plan que le permitiera asegurarse de llegar con éxito a la cima de la montaña más alta del mundo.

 En 1986 subió al Pico Comunismo de más de siete mil metros de altitud; luego escogió el Shisha Pangma como su primer ocho mil y llegó a su cumbre nada más y  nada menos que en compañía de una de las estrellas más brillantes que ha tenido el himalayismo: Jerzy Kucukza. Para terminar su preparación eligió el Annapurna como último peldaño antes de encarar el Everest. El 17 de octubre de 1988 llegó a la cima de la Diosa de la Abundancia accediendo a ella por una larga y complicada vía a través de la pared sur; al día siguiente, 18 de octubre, mientras bajaba desde el último campamento hacia el CB, el clima no era bueno y la visibilidad casi nula. Esto le impidió ver una cornisa que traidoramente estaba bajo sus pies; su compañero de escalada Francisco Espinosa solamente escucho el crack y el estruendo consecutivo de la rotura de ese enorme pedazo de hielo. Ramiro Navarrete se despeñó por esa ladera infinita y abrupta de la cara sur del Annapurna. El se quedó en esa montaña para siempre.

 Yo tuve la enorme suerte de ser uno de sus amigos cercanos, o más bien, tuve la suerte de que él fuera uno de mis maestros: me enseño fotografía, me adentró en las primeras expediciones fuera del país, pero sobre todo me enseñó a ver un  horizonte más amplio y gigantesco que había más allá del Ecuador.

Me dolió muchísimo la partida de Ramiro, con su ausencia perdí a mi gran amigo y a mi gran maestro. Ahora que iba al Annapurna, la montaña donde está, era mi especial ocasión para saludarle, para conversar con él; para pedirle que, de ser posible me acompañara en esta ascensión.

Al pie del Annapurna en su cara oeste se ha construido un modesto memorial para recordar al sinnúmero de montañistas que han perdido la vida en esa montaña, en aquel lugar faltaba el recuerdo de Ramiro.

Desde Ecuador lleve hasta el Annapurna un modesto homenaje, una placa para depositar allí la gratitud y el cariño de varios amigos que compartimos con él parte de nuestra andadura por las montañas. El 20 de mayo, de camino a la cumbre del Annapurna paré en el memorial, me acompañó Fernando; hicimos una oración, conversé con Ramiro y colocamos la placa. Cuando tomé de nuevo mi mochila sabía que él iría conmigo hasta la cima.

 


En el memorial, al pie del Annapurna,
con la placa que dejé como recuerdo del cariño de  sus amigos.


Edición: Doris Arroba

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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