Desafio 14






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De camino a la cima (1)

 

EL TRABAJO QUE HABÍAMOS HECHO

 El viernes 11 de mayo Andrew, Fernando y yo habíamos llegado a 6 400 m, al sitio del Campo 3, fijando casi mil metros de cuerda a través de un recorrido precioso por paredes de hielo, merengues de nieve y laderas largas y empinadas, teniendo siempre a nuestras espaldas un patio de caída que parecía querer tragarnos al más mínimo error. El encanto de ese tramo consistía en que a ratos, muy cortos desde luego, saboreábamos el placer de desafiar la gravedad.

De vuelta en el CB nos quedaba solo la espera de la ventana de buen tiempo. Es decir disponer de por lo menos cuatro días seguidos de buen clima, donde los dos últimos sobre todo, debían ser perfectos porque estaban destinados para llegar a la cima y bajar de ella.

 LA ESPERA

 En el CB leí el libro Cartas a Albert Eistein. Esta  obra, aparte de brindar una ligera biografía de uno de los genios más grandes que ha tenido la humanidad, hace referencia a numerosas cartas de niños de todo el mundo que con su sencillez y su  inocencia hacen las más diversas preguntas al Dr. Einstein, y sirve además para certificar la estatura de semejante ser humano reflejada en la extraordinaria sencillez con que conversa con los niños. Leerla me sirvió además para hacer un repaso breve y llano sobre la teoría de la relatividad, que bien me venía  para usarla en la espera.

 Toda espera es angustiosa y normalmente está acompañada de un tiempo que siempre es relativo porque puede ser enorme o pequeño, infinito o preciso. Todo depende…

 La madre encinta que espera el noveno mes.

El bebé que crece en el vientre de la madre y aunque espera, no sabe ni entiende nada de la espera.
El amante que espera el beso y el amor de un cuarto de hora.
El preso que espera la sentencia.
Cerrando los ojos en la espera del primer beso.
Esperando el turno para entrar al odontólogo porque la muela del juicio ya no tiene lugar.
Cuarenta y cinco mil aficionados esperando que se acabe el partido.
Una persona esperando la nota del examen final.
Diez montañistas esperando cuatro días de buen clima.

 Se espera de pie, sentado, tranquilo, desesperado, eufórico, llorando, hablando o en silencio. Así es la espera. Es como la muerte, a todos sin excepción nos aprieta por los mismos lados.

Pero cada espera tiene un padrino o un verdugo:

 Para la madre, el pasar del tiempo
Para el bebé, sólo su madre
Para el amante, su amada
Para el reo, la sentencia
Para el beso, que se posen los labios
Para el paciente, la anestesia
Para la afición, el réferi
Para el alumno, el maestro
Y para nosotros… el parte meteorológico de Vítor Baía.

 

VITOR BAIA

Vítor Baía es de Portugal, vive en La Guarda, al norte de Lisboa.

Después del Kangchenjunga, con la compañía de Joao García, fui a conocerlo y agradecerle  por la inmensa ayuda que nos brindó con el envío del parte meteorológico que fue clave para alcanzar la cima del Kangchenjunga, la tercera montaña más alta del mundo. Vítor es un apasionado a muerte del parapente, en él se inicio como volador y ahora es instructor de su propia escuela, eso le ha llevado a entender la lectura de los vientos, de esos vientos que a él le permiten volar y a mi me permiten subir.

Cuando Vítor se sienta frente al computador para determinar la meteo, vive su especial ceremonia de todos los días, una suerte de lectura  del oráculo que le hace saber si conviene o no conviene, si se vuela o no se vuela; que en definitiva, significa si se vive o se muere.

Frente a la pantalla del ordenador Vítor es diferente, se transforma,  porque para él averiguar la meteo no es sólo interpretar los gráficos y los colores; es todo, un todo que le hace vivir y vibrar, que le hace saberse una especie de Merlín de los vientos, del sol, de las nubes y la humedad.

Esa noche me preguntó por un lugar y yo, sin más le dije Kangchenjunga. Determinó la latitud y la longitud y apareció un conjunto de mapas, curvas, colores y  barras. En ese momento entró como en trance, poseído por los espíritus del viento, del agua y de las montañas. Aquello que para mí era un inexplicable galimatías, para él era nieve, viento, sol, nubes, humedad. Con el índice hacía curvas en la pantalla del computador, como ordenándole el camino al aire. El Vítor Baia  de ese momento, el poseído por los dioses de la meteo estaba lleno de luz, bañado con ese brillo que le daba el  poder de predecir.

Cada noche después de que su esposa y sus dos niñas duermen  él se escapa a leer el oráculo para barajar el naipe del mago que juega con los designios del sol, las nubes y el viento.

Este Vítor Baia, amigo querido, es el depositario de toda nuestra confianza y seguridad en el tan delicado tema de las predicciones meteorológicas.

 


La cara oeste del Annapurna desde nuestro Campo Base con las nubes,
los vientos, el sol y la humedad con los cuales Vitor Baía es una especie de Merlín.

 

EL ÚLTIMO REPORTE

Textualmente: Días 22, 23 y 24. Bon tempo. Día 24 sol, viento oeste 40 – 50 km en la cumbre. Días 25, 26 y 27 continúa bon tempo pero aumenta el viento.

Estaba clarísimo, la semana del 22 al 26 de mayo se abría la ventana de buen tiempo que esperábamos, tendríamos cielo despejado aunque nos preocupaba la velocidad del viento, porque normalmente el límite soportable para cualquier ser humano que se precie de serlo es entre 30 y 40 kilómetros por hora. Los cincuenta me preocupaban mucho a mí, y supongo que a todos.

El 20 de mayo salimos desde el CB Edurne, Asier, Fernando, los dos sherpas y yo de parte de nuestro grupo, Al Filo de lo Imposible; Andrew y Sergey de la otra expedición. Un día por detrás saldrían Iñaki Ochoa y Horia que nos darían alcance en el Campo 3.


Edición: Doris Arroba

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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