Desafio 14






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DESPUÉS DEL MARRÓN, CAMINO A LA CIMA

 

Campo Base del Annapurna, viernes 18 de Mayo de 2007.

 

Queridos amigos de Ecuador y del mundo.

 

Reciban un cariñoso saludo con mis mejores deseos para ustedes. Han pasado ya algunos días en el CB sin que haya podido escribir una nueva crónica. Como podrán comprender, el suceso de mis dos amigos en el Dhaulagiri nos ha afectado a todos los que conformamos esta expedición, apenas hoy día he tenido el interés y el buen ánimo para tomar el papel y el lápiz y escribir para ustedes.

Junto con esta crónica les comparto la noticia de que el domingo 20 de mayo partimos, Dios mediante, tras la cima del Annapurna. Aunque no serán tan buenos los días sábado y domingo, a partir del lunes 21 las previsiones son animadoras para pensar en la cumbre. Por esta razón, el domingo llegaremos hasta el C2, el lunes subiremos hasta el C3, el martes buscaremos la vía que nos lleve hasta el sitio del C4, más o menos a siete mil metros de altura, y en la madrugada del miércoles saldremos para la cima del Annapurna. Dios quiera que el día jueves o el viernes pueda compartir con ustedes nuestra llegada hasta el punto más alto de la Diosa de la Abundancia. Les dejo con esta crónica en la que  relato mis dos emocionante días fijando cuerda hasta el sitio del Campo 3.

Hasta entonces, un fuerte abrazo; seguro de contar con sus oraciones y/o buenas vibras, me despido.

 

LA DESPEDIDA DE RICARDO

 

¾Es un deporte muy peligroso, ¿verdad?

Esta pregunta, que frecuentemente hacen mis interlocutores, a fuerza de su repetición continua puede convertirse en un simple lugar común, tanto para ellos cómo para mi, hasta que un día como el pasado domingo trece de mayo me entero de la muerte de mis dos buenos amigos sepultados por una avalancha en el Dhaulagiri ¾montaña vecina a nuestro Annapurna¾. Con ello confirmo que el  muy peligroso no es un simple lugar común, que es la realidad pura y dura, que el riesgo de morirnos, afilada cuchilla por donde repetidamente nos movemos, es el otro componente que cuantitativamente ocupa el mismo espacio y el mismo valor que el de la estética en el acto de subir montañas.

En el momento de la noticia, a las dos y cuarto de la tarde del domingo trece, lloré,  lloré mucho por la pérdida, les lloré por la ausencia. Después del primer golpe vino el torbellino de llamadas para intentar coordinar  la posibilidad  de rescatar sus cuerpos, y finalmente… la resaca, mezcla de pena, ausencia, vacío y mi propio miedo.

 

Ricardo Valencia tuvo la gentileza y la generosidad de pasar por nuestro Campo Base a despedirse justo antes de levantar el vuelo.

 

Curiosamente, a las diez de la mañana del domingo trece, mientras hacíamos la sobremesa del desayuno en nuestra tienda comedor, de repente  nos acordamos de la especial dedicación con que Riki preparaba los desayunos en los campos base: sofrito de tomates frescos con cebolla finamente picada, ajo, sal y pimienta al gusto, todo esto acompañado de un par de huevos fritos, tostadas y spanish coffe. La felicidad de Ricardo no estaba en el placer de preparar la vianda; estaba en el hecho de ver como nuestras caras se iluminaban con ese potaje al inicio del día, en cualquier lugar al pie del Himalaya. De estas cosas, de estos detalles de Ricardo conversábamos sin más en nuestra carpa comedor a veinticinco kilómetros apenas, en línea recta, del lugar donde estaba. Qué curioso, la avalancha sucedió entre las nueve y las nueve y media, y nosotros hablamos de él entre las diez y las doce del medio día.

 

Querido Ricardo, gracias por tu maravilloso detalle de pasar a despedirte por nuestro Campo Base del Annapurna.

 

¿SE ESTÁ ALARGANDO ESTA MONTAÑA?

 

El pasaje que hemos considerado más complicado en esta vía de ascensión al Annapurna, ya está resuelto, lo cual supuso estar en el Campo 2 al acecho de buenas condiciones durante tres días, y luego trabajar intensamente otros dos hasta llegar por fin, fijando casi mil metros de cuerda, hasta el sitio del Campo 3 a 6 400 m.

Esas dos jornadas fueron inolvidables. Con una mochila enorme y pesada subiendo de a poquito por donde antes ya habíamos estado, tirando de las cuerdas para ayudarnos; en los recorridos de hielo pulido, soplando a veces y resoplando en otras para ganarle centímetros a la verticalidad. Después, terreno virgen, espacio por descubrir, miedo por estrenar. Con semejante peso se me hace imposible subir abriendo vía; abandono la mochila a un lado, e igual que me hundo en la ansiedad de la aprensión lo hago en la nieve fresca, herramientas de escalar en mis manos, el hierro de mis crampones en mis pies y el impulso del corazón y los pulmones para elevarme, para cruzar el puente de la grieta que quiero que no se rompa. Subo. ¿Pero subo tan despacio? ¿O es que la montaña se está alargando cada vez? Regreso a ver a Fernando,  él dándome seguro con la cuerda cincuenta metros más abajo y su figura achicándose ¡Ah¡ Entonces, sí. Estoy subiendo.

Las horas vuelan ante nuestra lentitud en contra de la gravedad. A las cuatro de la tarde, hay que buscar donde plantar las tiendas, pero en toda esta alzadura por la que venimos escalando a cuatro patas desde hace ocho horas ¿dónde carajo puede entrar una tienda?

Fernando insiste buscando algo cincuenta metros por encima de mí. Nada.

¾Ferchoooooo, baja. Baja nomás. Hay que regresar a la grieta, allí hay que poner la tienda¾. Después de tanto esfuerzo no nos queda más que desandar lo andado.

Al lado de una grieta, dos tiendas pequeñitas en medio de una ladera inmensa.

Atardecer precioso, la mejor luz para las fotos.

El sol despidiéndose detrás del Dhaulagiri, se acaba de ir. ¾Hasta mañana ¿no? Que amanezcas buenito¾ y enseguida el frío.

Sopa de sobre, arroz de sobre, galletitas de… trigo, chocolate con leche, hacer pis y a la bolsa de dormir.

 


Con una mochila enorme y pesada subiendo de a
poquito por donde antes ya habíamos estado.

 

DE SER POSIBLE, ARROZ CON ESTOFADO DE POLLO

 

Estos son los días con los que uno sueña para llegar a la cima de un ocho mil: cielo azul, un poquito de viento, el necesario para que flameen las banderas y un poquito de frío, el necesario para que la nieve esté dura.

Es verdad que el desayuno calienta las tripas y a veces hasta el corazón, pero cuesta desentumecerse después de una noche en estas alturas. El Annapurna brilla precioso entonando su granito y su blanco con el añil de ese lienzo gigante. Mientras me ato las correas del arnés empiezo a toser con respingos de vómito, yo ya sé esta historia, es mi particular voz del miedo y de la ansiedad. Una almendrita enconfitada y ya, a pensar que todo saldrá bien bonito en este día.

Otra vez con la casa a mis espaldas, detrás de mí Fernando y después Andrew, no sé si andando lo desandado o desandando lo andado. Cuando llego a la última reunión que puso  ayer Fernando, me asomo a ver lo que me toca: un corredor bastante empinado de hielo primero, y de nieve después. Haciendo cálculos pienso siempre en la jodida posibilidad de caerme, se me seca la boca, me suenan las tripas. Cuando llega Andrew le digo que abriré la vía pero sin mochila, yo sé que con semejante peso las cosas se me pueden complicar. Ato la mochila al seguro, le entrego el inicio de mi cuerda a Andrew, otra almendrita y arranco. Astillo el hielo con las herramientas de las manos y los hierros de los pies, dos golpes arriba y dos golpes abajo, mientras subo me repito mentalmente: bistare, bistare (despacio en nepalés), así es como debo escalar, despacito, con tino, con elegancia, esto no es cuestión de fuerza, es asunto de causarle una leve herida al hielo, la suficiente sólo para  sostenerme. Ya lo dije antes: estas son heridas que salvan la vida. Caramba, que coincidencia, como aquellas heridas que deja el amor y que también  salvan vidas.

Supero el tramo de hielo y entro en una nieve flojísima, me sorprendo, apenas son las nueve de la mañana y esto parece una colada. Distingo una plancha de hielo donde pienso que puedo poner un seguro, y voy hasta allá. Sesenta metros por encima de Andrew y ochenta de Fernando coloco un tornillo y vuelvo a respirar. A tirones recupero mi mochila, pobrecita ella, bañada de nieve y hielo, tiene raspones pero no los distingo, tiene moretones pero no los veo, se queja pero no alcanzo a escucharla.

Me alisto para el siguiente largo, el terreno no tiene buena pinta: nieve hecha sopa encima de hielo cristal y eso  en cualquier momento se cae. Andrew me ratifica su miedo y su recelo, le digo que quiero probar un poco y arranco otra vez. Veinte metros por encima de él y no puedo más, me hundo en una especie de harina suelta y ávida de tragarme hasta la cintura. Lo siento, me doy por vencido, esta nieve de mierda me impide seguir y temo que todo se me venga encima.

¾Lo siento Fercho, yo de aquí no me muevo, tengo mucho miedo de esta nieve¾.

Fernando se aproxima, prepara pacientemente un nuevo seguro cerca de donde estoy y me convence una vez más que siga adelante. Acepto con gusto y de buena gana, pero eso sí, otra vez sin mochila.

 


Nuevamente el placer de subir, de atrevidamente ganarle
unos metros a la gravedad, ya no me peleo con la nieve floja.

 

 ¡Ahhhhh!, sin peso y sabiendo que tengo un nuevo seguro en caso de que se me venga la montaña encima, es otra historia. Nuevamente el placer de subir, de atrevidamente ganarle unos metros a la gravedad, ya no me peleo con la nieve floja, ahora le hablo, le digo que por unas horas, por unos días yo también quiero ser parte del escenario. No para mancillarlo, no. Al contrario, para honrarlo y agradecer por esas horas, por esos días. Después tomaré mis cuatro tereques, haré un bulto con mis miedos, mis dudas, mi llanto y mi alegría y volveré a casa para vivir con los recuerdos, que al final de todo es lo único con lo que me quedo.

Ya está, otra vez arriba, fijando cuerda para que suban mis amigos. Llega primero Andrew  ¾Hey Iván, very good job eh. Congratulations¾.  Después llega Fernando, abrazos, celebración, hemos resuelto todo el espolón de hielo, casi mil metros de cuerda pacientemente tejidos desde el pie de la pared hasta estos 6 400 m.

Empieza a nevar con fuerza, nos acomodamos las chaquetas y por las mismas cuerdas empezamos a bajar. De ser posible hoy quiero arroz con estofado de pollo cuando llegue al  Campo Base.

Edición: Doris Arroba

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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