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Rumbo al Campo 3

 

Campo Base del Annapurna, domingo 6 de mayo de 2007

Queridos amigos (as) del Ecuador y del mundo.

 Reciban un cordial saludo desde el Annapurna.

 Han pasado ya ocho días desde que hemos regresado a nuestro CB después de haber fijado cuerda hasta 6 150 m y haber resuelto la parte más complicada de la vía. En principio el plan era descansar hasta el pasado miércoles 2 de mayo para retomar el trabajo desde el jueves, pero como una cosa es lo que planificamos y otra, muy diferente desde luego, es la que decide el clima. Ya ven, hemos debido prolongar el descanso obligatorio hasta hoy domingo 6.

Ahora volvemos a lo nuestro.

El plan es el siguiente: Mañana lunes subiremos directamente hasta el C2. El martes nos moveremos desde allí hasta ubicar el sitio del Campo 3 que estará aproximadamente a unos  6 500 m. La idea es dormir dos noches en ese sitio para mejorar la aclimatación, y entre una y otra, subir hasta 7 000 m como parte del mismo proceso, con lo que, de paso, reconoceremos un poco más de la vía que nos llevará a la cumbre. Cumplido este paso regresaremos al CB para nuestro último descanso antes de pensar en la cima.

Mientras yo comienzo mi semana escalando en el Annapurna les deseo lo mejor para ustedes en su casa, en su oficina, en su oficio, en el cole, en la universidad, en fin, en donde se hayan ubicado en esta parte del tiempo para aprender, mejorar y aportar.

Les dejo con una nueva crónica que la he llamado MI FIRMA EN UNA HOJA BLANCA. Como siempre, espero que la disfruten.

 

Con mi gran afecto desde la Cordillera del Himalaya.

 

MI FIRMA, EN UNA HOJA BLANCA

 

Sábado 28 de abril de 2007: Amanecer en la tienda del C2 a 5 500 m

 No he dormido muy bien. Me parece que toda la noche he pasado girando como pollo en asador, encima del colchón aislante, tratando de que mis huesos se acomoden a la particular geografía que hay en el hielo justo debajo de la esterilla; veo una pátina delgadita de hielo que cubre la parte superior de mi bolsa de dormir.

 Afuera ya hay luz. Me muevo despacito, casi reptando para no incomodar a mis compañeros; quiero alcanzar las ollas y calentar el agua del desayuno. El sonido de dos trastos que chocan me delata y en ese instante emergen, como por arte de magia, desde adentro de las bolsas de dormir, caras hinchadas con ojeras que cuelgan.

 Se prenden dos hornillos, cinco cuerpos se desperezan, diez ojos terminan de abrirse y cientos de músculos empiezan a desentumecerse. El agua hierve con pereza. En seguida el dormitorio se convierte en comedor y desayunamos capuchino con galletas. ¡Cómo no quisiera que me resbalaran con más gusto con este  café! Pero eso de tener pendientes por resolver siempre molesta.

 Cada quien guarda  en la mochila cien metros de cuerda, yo acomodo además mi Camel back llena de Isostar con vitamina C. En el bolsillo izquierdo de la chaqueta pongo almendras confitadas y caramelos ¾éstos siempre me ayudan a disolver la adrenalina en los momentos de susto¾, y en el derecho cinco galletas de trigo ¾funcionan de maravilla cuando el estómago suena por la ansiedad¾.

 Todos dejamos la Cúpula del amor, se acaba el abrigo y la comodidad. Afuera sopla el viento que viene desde el este, enseguida nos golpea en la cara y nos obliga a ponernos la capucha y a calzarnos guantes gordos. Medio doblados y medio hundidos en las chaquetas subimos tratando de ignorarlo.

 Voy por delante haciendo uno de los trabajos que más me gustan en la montaña: abrir huella para mis compañeros. De vez en cuando me paro a observar la descomunal pared por donde vamos a escalar y curiosamente compruebo que mientras más nos acercamos se hace más humana, es menos aplastante, menos huidiza. Sin embargo me siguen preocupando dos cosas: Que la grieta al pie, siempre presente cuando hay un cambio brusco de pendiente (técnicamente se llama rimaya), sea exageradamente grande y nos complique el paso. Y luego, de lograrlo, que el tiempo necesario hasta cruzarla, justo debajo del gigantesco bloque de hielo que cuelga desde arriba, sea muy prolongado.

 Sigo subiendo hundido en mi chaqueta, dando vueltas a las preguntas y a las posibles respuestas. Remontamos la última ladera y desde allí podemos ver por fin plenamente todo el cono: las dos laderas en vértice hacia abajo y en la parte superior el inmenso serác. Recorro con la vista de arriba abajo, de izquierda a derecha y encuentro un estupendo regalo: hay paso en la grieta inicial, mejor y más seguro de lo que esperábamos.

  Nos acercamos hasta el  pie de la pared, allí juntos los cuatro, pero nadie se pronuncia por quien arrancará primero a escalar, o dicho de otra manera, quien será el primero en enfrentar el miedo, en tomar al toro por los cuernos. Al quedarme yo también callado tengo sentimientos encontrados. Por un lado, el alivio de no  hacerme cargo de la ansiedad, ni de la adrenalina y por otro, al no afrontarlos, la sensación de pérdida de ese placer que otorga firmar por primera vez, con mis huellas, ese terreno virgen.

En un arranque visceral grito: ¾¡Yo voy, asegúrame Asier!

Automáticamente se me seca la boca y me suena la panza, un pellizquito de galleta de trigo y una almendra a la boca. Me ato a la cuerda, me aseguro a las muñecas las dos herramientas con las que voy a escalar, me ajusto más todavía el cinturón de la mochila y me encuentro listo. Estoy justo en ese minuto anterior a lanzarte desde el avión cuando haces paracaidismo.

¾¡Cuando quieras Asier!

¾¡Vale!

¾¿Subo?

¾¡Sube!

 


Tanteando el terreno antes de comenzar a escalar.
Justo encima de mi cabeza, mil metros más arriba, el enorme serác de hielo.
Asier me asegura. Fercho observa. Edurne toma la foto.

 

Me acerco despacito a la grieta tanteando el piso con el piolet primero y con los pies después. Se me pasan imágenes por la cabeza; aunque no lo quiera, siempre viene el recuerdo de aquella vez que me caí cuarenta metros en una grieta, en el Chimborazo. Me vuelvo a concentrar, como buscando a la vez percibir el piso con todo mi cuerpo y alcanzar la liviandad de mi ser (como Milán Kundera). Logro cruzar la grieta y tengo ante mis ojos y cuerpo la pared vertical. Inmediatamente descargo en el hielo la fuerza de mis dos herramientas y con el sonido del golpe seco que escucho sé que estoy seguro. Me yergo. Pateo con las puntas frontales de mis crampones y vuelan por los aires decenas de astillas de hielo, el mismo golpe, el mismo sonido. Me vuelvo a erguir. La almendra da vueltas en mi boca y yo respiro a más de ciento cincuenta pulsaciones por minuto. El miedo a desbaratarme, el temor a caerme, eso es todo. Concéntrate, patea, sube, golpea, yérguete.

 Termino la parte más vertical y voy a dar a una placa de hielo un poco menos tendida, me desplomo encima de la superficie de cristal y respiro bestialmente, con la cabeza pegada a la cruz de mi piolet. Ya está, ya pasé.

 Vuelvo a tomar el control y alzo a ver, justo encima de mi cabeza ese serác enorme, guindado, amenazante. A mi izquierda, la pared de hielo, nieve y rocas que huye hacia arriba, pero que es el buen puerto. Hacia allá. Hacia allá, a la izquierda.

 Piolets, crampones, golpear, patear y subir. Sólo subir. Supongo que desde abajo me verán como un gato montés, atisbando, husmeando, trepando.

 


Supongo que desde abajo me verán como un gato montés, atisbando, husmeando, trepando.

 

Calculando que he subido unos veinte metros y que si me caigo es suficiente para partirme la crisma, busco un sitio en el hielo para poner un tornillo. Mientras lo voy hundiendo a pulso, con cada giro la oquedad del aparato escupe virutas de vidrio. Estas son heridas que sirven para asegurar la vida.

 Sigo subiendo, todo hacia la izquierda. Encuentro entre las rocas un clavo y un pedazo de cuerda de años anteriores, compruebo que sirve y pongo un nuevo seguro. Volteo a ver hacia abajo y encuentro a Edurne y a Fercho con las cervicales tirando hacia atrás, observando lo que hago, enviándome las buenas vibras; a Asier no le veo, está metido al pie de la pared, dándome seguro, preocupado por mí.

 Sigo hacia arriba, cuarenta, cincuenta, setenta, noventa metros. ¾¡Diez metros!  ¾me gritan desde abajo Asier y Edurne¾. Eso quiere decir que en diez metros se me acaba la cuerda. Busco a mi alrededor un punto para fijarla, pruebo con una estaca de nieve que saco de la mochila y al tercer golpe con el martillo recibo de vuelta un contragolpe tan seco, que se me mueven todas las calzas de la dentadura. He topado con una losa de roca. En otro sitio escarbo debajo de la nieve y  enseguida encuentro hielo, saco un nuevo tornillo y lo voy colocando, girando despacito, una y otra vez, hasta que por fin queda el asa a ras del cristal. Tomo aire, inflo los pulmones y grito con el sabor de la victoria:  ¾¡Fijaaaaa!!!!

 Cuál sabor ¿El de vencer la gravedad?

No. Para nada. Si la tengo a mi lado, cuando le dé la gana me aplica y chao.

¿Cuál entonces?,¿ cuál sabor?

El de vencer mis miedos, eso es todo.

 Cien metros por encima del suelo estoy atado a un tornillo de hielo; abajo Asier, mi amigo, mi compañero, cuidando de mí a través de la cuerda. ¡Qué placer! Qué suerte la mía, haber sido yo el que estampó con mis herramientas y mis botas, la primera firma en esta inmensa hoja blanca de nieve y hielo.

 

NOTAS AL MÁRGEN

 

  • Luego de mis primeros cien metros, Asier continúo con el trabajo de fijar otros cien por encima. Luego le tocó en suerte a Fernando otro largo de la misma longitud en un hielo de película: casi sesenta grados de inclinación y duro como el mármol. ¡Buena Fercho, te luciste!
  • A las dos de la tarde terminamos la jornada, hicimos rapeles (descender por las cuerdas) y estuvimos de vuelta en el C2 en una hora.
  • Al siguiente día, domingo 29, retomamos el trabajo: fijamos dos cientos metros más de cuerda y buscamos el sitio de ingreso hacia el Lomo de Serács. Otra jornada alucinante de escalada en hielo, cercana a la vertical. 
     
  • Con este trabajo hemos salvado la parte más delicada y difícil del camino que, Dios mediante, nos llevará a la cima del Annapurna.
     
  • El Oficial de Enlace es una persona designada por el gobierno nepalí para acompañar a las expediciones en el CB. Normalmente, después de ser escogido para el cargo nunca va con los expedicionarios, se queda en Katmandú y cobra la pensión sin hacer el trabajo. El oficial de enlace de nuestra expedición, Dr. Uddhav Prasad Khanal arribó con nosotros al CB del Annapurna el 10 de abril. Después de cinco días de permanencia en este lugar decidió regresar a Katmandú, recorriendo sólo el camino de vuelta. Ferran Latorre, que ya lo conocía, insistió en el riesgo que podía significar esta apuesta pero no logró convencerlo.  Salió desde nuestro CB el día 15. Desafortunadamente nunca llegó a buen puerto y ha sido declarado desaparecido,  después de que un grupo de rescate lo buscara sin éxito  por donde debía haber bajado. QEPD.
     
  • Gia Torsladle, nuestro amigo georgiano, ha abandonado la expedición. Al parecer no le gustó la pinta de riesgo del Annapurna. Se quedan entonces Emil y Sergey.
     
  • Ha llegado Andrew Lock, montañista australiano que cuenta con once ochomiles. Viene de aclimatar en el Shisha Pangma. Él se une al grupo de los dos rusos.

 

Edición: Doris Arroba

 

 

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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