Desafio 14






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ANNAPURNA, EL PRIMER OCHO MIL
(2da Parte)

 

EL TRÁGICO DESCENSO

 

La meta es la cima pero  la verdadera victoria es llegar al Campo Base.

Hans Kamerlander

 

 Normalmente la felicidad de la cima suele envolvernos a los montañistas en una especie de borrachera de emociones, estado que muchas de las veces  dura apenas unos minutos porque bien sabemos que hasta allí solo hemos hecho la mitad del camino. Herzog y Lachenal se tomaron una foto, una nada más, la estrictamente necesaria para inmortalizar ese momento irrepetible en la historia del montañismo himaláyico. Guardaron la cámara y Lachenal, como alma perseguida por el diablo salió volando en busca del campo V, era ya tarde y tenía mucho miedo por sus pies. Herzog detrás, pero un Herzog disminuido y cansado que había dejado, sino todas, un buena parte de sus fuerzas en el empeño de alcanzar la cima del Annapurna. Su compañero cruzó la inmensa ladera después de la cima con relativa rapidez, Herzog hacía lo mismo creyendo el también que su ritmo era similar al de Lachenal, pero la verdad es que aquél bajaba muy lento, parando muy seguido para tomar aire por el gran esfuerzo que estaba haciendo. En una de aquellas paradas se sacó los guantes y de la manera mas infantil los dejó caer, los perdió, mirando impasiblemente como rodaban cuesta abajo. Este sería solo el comienzo del calvario que tendría en los días posteriores.

Herzog había perdido la noción del tiempo. Creía ir caminando rápido y que pronto llegaría a lugar seguro. Pero en realidad descendía muy despacio, tambaleándose y como en trance, mientras se le iban congelando las extremidades.

La montaña se había nublado, todo estaba gris y era muy difícil orientarse en esas condiciones; ni Lachenal, ni Herzog sabían exactamente donde estaba el tan ansiado Campo V. Pero la Providencia fue generosa con ellos, a tientas y sin saber cómo, muy avanzada la tarde, llegaron a las dos tiendas del campamento donde les esperaban sus compañeros Terray y Rebuffat. Estos les procuraron atención y cuidados ante el estado tan calamitoso que presentaban: Herzog, apático del todo, con sus pies vidriosos y tremendamente hinchados por las congelaciones, Lachenal corría con la misma suerte. Para colmo, la tormenta se había desatado nuevamente; afuera el viento sacudía las carpas y amenazaba con arrancarlas del precario lugar en el que se hallaban. De vez en cuando, los heridos gritaban de miedo o de sed. Aquella noche que fue un infierno para Herzog se hizo eterna, éste solo hablaba de morirse.

 

 


Herzog con sus congelaciones después de la cima, en el Campo II el 5 de junio.
Aunque el descenso fue tan dramático lograron salvarse para contar que “...llegaron arriba”.

 

 

Al día siguiente, 4 de junio, la tormenta seguía azotando. Los cuatro alpinistas, a pesar de una noche tan amarga, tenían que bajar y para hacerlo debieron adentrarse en la ventisca; en medio de esos remolinos eran cuatro ciegos, y dos de ellos más inútiles aún, buscando desesperadamente el camino que les llevara al Campo IV. Con un dejo de indiferencia las horas pasaban, contemplando esa brega tan desigual entre los elementos de la montaña desatados en su mayor crudeza, y cuatro impotentes alpinistas luchando por sobrevivir. Les sorprendió la noche y no habían encontrado las tiendas del campamento, iban a tener que pasar, en semejantes condiciones, una noche al raso; eso significaría la muerte segura pues acabarían arrastrados por una avalancha o congelados antes de ver la luz del día siguiente. Decidieron entonces cavar una cueva, esa sería su salvación. Mientras Terray cavaba un agujero con su piolet, Lachenal, desapareció de repente, a unos pocos pasos, tragado por un abismo. Era evidente que había caído en una grieta. Contrariamente a la tragedia que se pudiera imaginar, una vez más la Providencia se apiadaba de ellos, por pura casualidad habían encontrado en esa grieta, sin proponérselo, un refugio donde pasar la noche. Pero a pesar de la protección el lugar era una heladera; a ello había que añadir la estrechez, la humedad, la nieve y la oscuridad. Todos estos elementos solo servían para que los pies y las manos de Herzog fueran congelándose cada vez más. Aquella patética noche él la describe así:”No estoy sufriendo y eso me sorprende. Mi corazón parece estar congelándose. No queda nada más dentro de mí que un soplo de vida y, conforme pasan las horas, es cada vez más débil… No me cuesta aceptar la idea de morir, no siento ninguna pesadumbre, al contrario, me resigno y sonrío”.

Al día siguiente, cuando pesadamente se disponían a desentumecer sus cuerpos inútiles metidos en el interior de la grieta que había sido su precario refugio, fueron alcanzados por una onda expansiva que entraba desde arriba e inundaba todo el espacio con nieve polvo que se les colaba por todo el cuerpo. Afuera, a pocos  metros por encima de ellos, bajaba un enorme alud. Sin embargo, una vez más la vida les daba otro chance.

Pasado el miedo, cuando se disponían a salir, notaron que Terray y Rebuffat, que hacían de guías de los otros dos, se habían quedado ciegos por una conjuntivitis. Así entonces, esa tropa de inútiles, dos lisiados y dos invidentes, bajaban dando tumbos por las laderas del Annapurna pensando en la ligera posibilidad de salir con vida de esa terrible aventura.

 


La tragedia del Annapurna

 

Por fin, el 5 de junio, los sherpas Sarki, Aila, Ang-Tharkey, y Panza dieron con los desorientados que deambulaban perdidos entre la nieve. Al poco de tiempo de juntarse salvadores y rescatados fueron sorprendidos por un nuevo alud de nieve polvo del que  Herzog nuevamente se salvó de quedar sepultado. Cuando vieron las tiendas del Campo II sintieron  que esa oportunidad que le estaban pidiendo a la vida les iba a ser otorgada. Herozg bajaba por la cuesta casi a gatas, a ratos caminando, a ratos dando trompicones.

Cuando por fin llegaron al Campo II, Herzog corrió para abalanzarse sobre el resto de sus compañeros y darles la noticia de la victoria: “Venimos de la cumbre del Annapurna. Anteayer, Lachenal y yo llegamos arriba”.

 

Edición: Doris Arroba

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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