Desafio 14






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ANNAPURNA, EL PRIMER OCHO MIL
(1ra Parte)

 

No se detuvo a pensar ni en las congelaciones,
ni en el descenso, ni en la hora.

No le importaba si su obstinación
(la subida, costase lo que  costase) era,
desde el punto de vista alpinístico, correcta o no.

Ahora la cumbre se había convertido en su única meta.

ANNAPURNA. 50 AÑOS DE EXPEDICIONES
A LA ZONA DE LA MUERTE
Reinhold Messner

 

Camino a Nepal, 3 de Abril de 2007

 Aquella parte de la cordillera del Himalaya que se asienta en Nepal alberga ocho de los picos más altos del mundo que superan los ocho mil metros de altitud. Estas montañas están repartidas a lo largo de un cordón de granito y plata que tiene en sus extremos oriental y occidental al Kangchenjunga (8 586m) y al Annapurna (8 091m) respectivamente. Curiosamente el último ocho mil alcanzado como parte de mi proyecto DESAFIO 14  fue la cima del Kangchenjunga el pasado 22 de Mayo de 2006 y ahora, cuando les escribo esta crónica, me encuentro bastante por encima de ocho mil metros, cómodo, relajado, sin gota de sufrimiento y lo que es más, con bastante oxígeno; ubicado en el asiento 26 J del vuelo QR68 de la Qatar Air Ways, camino a Nepal, Dios mediante, tras la cima del Annapurna. Desde esta altura y este asiento les escribo la primera crónica para contarles y compartir con ustedes una de las historias más importantes y valiosas en el camino de la conquista de las montañas más altas del mundo. Que la disfruten.

 


La vertiente norte del Annapurna por donde se realizo la primera ascensión en 1950. Fotografía tomada desde el Dhaulagiri a 6 600 m.
Foto: Iván Vallejo R.

 

HERZOG Y EL ANNAPURNA

 El Annapurna, con sus 8 091 m. ostenta el histórico membrete de ser la primera cumbre de más de ocho mil metros alcanzada por el hombre (3 de Junio de 1950). Indudablemente que este hecho, junto con la desgarradora situación que tuvieron que vivir durante el descenso sus primeros conquistadores, hacen que esta montaña sea parte de uno de los capítulos más importantes en la historia del Himalaya.
La expedición de aquél entonces estuvo conformada por una pléyade de escaladores franceses que, como tales, se habían convertido en la referencia obligada para los alpinistas de la posguerra. Al mando de Maurice Herzog estaban Louis Lachenal, Gastón Rebufat,  Leonel Terray, Marcel Ichac, Jean Couzy y el médico Jacques Oudot. En aquellos días, como era de suponer, se disponía de muy poca información, que a más de escasa era poco confiable. Solamente el gran deseo de aventura y la ilusión de llegar hasta el punto más alto de una cima que jamás había sido hollada por algún ser humano les permitió resistir aquellos días de desaliento, en que no encontraban ni siquiera el camino más llano para llegar al pie del Annapurna. El 21 de Abril de 1950 plantaron por fin su campamento base en el flanco septentrional de la montaña a 4 300 m de altitud, con la decisión absoluta de volver a Francia solamente después de  llegar a la cima. A partir de entonces se dedicaron al proceso de adaptación a la falta de oxígeno y a la  colocación de campamentos de altura, pero es bien sabido que en las grandes montañas difícilmente se pueden cumplir los calendarios planificados por los caprichos del clima.

 Los días pasaban y el tiempo volaba. Apenas el 31 de mayo, es decir, bastante tarde porque las lluvias del monzón casi estaban golpeando las puertas, Herzog y Lachenal alistaban sus mochilas para el intento definitivo a la cima. El 2 de junio, la pareja de franceses había alcanzado y acondicionado el último campamento, el  V (7 200 m), mientras sus compañeros, que venían un día por detrás, hacían lo mismo en el campo IV, quinientos metros más abajo. Para Herzog y Lachenal esa noche previa a la cima fue como todas las que se viven a esa altura: larga, pesada y angustiosa por la estrechez del sitio dentro de la carpa, el dolor de cabeza y la falta de oxígeno; para colmo, avanzadas las horas llegaría una tormenta y con ella el temor de salir volando envueltos en la tela de nailon de la minúscula tienda. Sus compañeros del campo IV se hallaban también en la misma situación; de todas maneras, unos y otros consiguieron aguantar la noche. Por fin a la mañana siguiente, el 3 de junio cedió el temporal, el viento dejó de soplar y decidieron entonces avanzar, unos tras la cima y otros para alcanzar el campo V. “A las seis de la mañana nos ponemos en marcha, felices de abandonar por fin este lugar tan terrible. Hace muy buen tiempo, pero también hace mucho frío” comenta Herzog en su diario de ascensión. A partir de entonces, el par de pioneros franceses entra en ese espeso mundo de la inutilidad por la falta de oxígeno.

 Suben juntos pero solos, cada quien con su propio frío, con sus propias dudas y sus particulares angustias, moviéndose en ese mundo donde lo físico desobedece y se rebela constantemente, en ese terreno donde solamente es posible encontrar un ápice de apoyo en la mente, que aunque torpe y embotada queda como el último refugio a la orfandad de voluntad y fuerza. Mientras ascendían, cada uno se había retirado a su pequeño universo, cada uno subía por su cuenta. Herzog miraba a Lachenal y le parecía como si estuviera viendo un fantasma. Éste, a su vez, creía reconocer la demencia de Herzog por querer llegar a la cumbre. Las horas volaban y ese par de obstinados, luchando contra la falta de oxígeno, sentía como se alargaba, ante su inutilidad, la pendiente para llegar a la cima. Lachenal temía por sus pies y por el descenso, se estaba haciendo muy tarde y cada vez perdía más fuerzas. En un momento se paró y preguntó: “Y si doy la vuelta, ¿qué vas a hacer tú entonces?”. “¡Voy a continuar solo¡” le contestó, sin dudarlo, terco y seguro de que Lachenal no le abandonaría. “Si quieres irte, vete, pero yo voy a subir hasta la cumbre”. “¡Entonces iré contigo¡”, contestó Lachenal. La solidaria respuesta de éste último obedecía más bien a la claridad con la que veía, por instinto, el peligro inminente que significaba la obcecación por la cima de su jefe de expedición. Así, Herzog, con mal de altura, obsesionado con la montaña y ciego de ambición, siguió avanzando. “Subimos uno detrás de otro, y después de cada paso nos paramos. Apoyados sobre nuestros piolets intentamos recuperar el aliento y calmar nuestro pulso, pues nos late el corazón tan aprisa y tan fuerte que parece como si nos fuera a estallar”.

 En todas estas angustias y sensaciones ellos eran los primeros, no había una historia previa para ser contada. Cuando llegaron a la arista final, Herzog y Lachenal pudieron sentir la cumbre al alcance de la mano. “Un pequeño desvío hacia la izquierda, algunos pasos más y… la arista cimera se acerca cada vez más. Solo nos queda sortear algunos bloques de roca”. Finalmente a las dos de la tarde, llegan arriba y alcanzan el punto más alto del Annapurna, a 8091 metros de altitud.
“Una inmensa alegría llena nuestros corazones. La misión está cumplida…Un abismo enorme me separa del mundo. Estoy en otro reino, desolado y desierto, donde no hay vida, todo está gélido y cubierto de hielo, en un reino fantástico donde el hombre no tiene cabida… De mi interior sale una sonrisa, al pensar en nuestro lastimoso esfuerzo. Al mismo tiempo, estoy observando todos mis movimientos como desde afuera, pero ya no son tan penosos, es como si la gravedad estuviera suspendida”.

 


Maurice Herzog en la cima del Annapurna (8 091 m) a las dos de la tarde del 3 de Junio de 1950. Fotografía tomada del libro Regards Vers L’Annapurna. M. Herzog, M. Ichac.

 

Próxima entrega: “El trágico descenso de la cumbre”

Edición: Doris Arroba

 

Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

 

 

 

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